martes, junio 15, 2021
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Inmigrantes: calvario en la pampa del Norte Grande de Chile

El crudo peregrinaje y las agrias peripecias que han debido sortear familias latinoamericanas en busca del “oasis" chileno. Texto y fotos: Marcelo Garay V.

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Es pasado el mediodía de un sábado inquieto en Colchane. Inquieto e incierto como ha venido siendo desde que, parido febrero, esa comuna fronteriza con Bolivia, en la región de Tarapacá, se copó de latinoamericanos inmigrantes que entraron a Chile a través de pasos no habilitados, en busca de “trabajo”, “sueños”, “oportunidades”, “sacar adelante a sus familias”, y luego de agobiantes travesías, se aventuraron a ingresar irregularmente a territorio chileno, sin imaginar el calvario al que se enfrentarían.

De la noche a la mañana, cuando el siempre breve febrero abría los ojos, unas 1.800 personas se atoraron literalmente en “la frontera”. El “Paso Colchane” dejó atrás esa serenidad polvorienta, seca y fría; lejana y cerca (a decir de Vicente), silente y ensordecedora, y como un rayo allí en el hito de los 4.350 MSNM, la irracionalidad agrietó almas, congeló esperanzas, apunó sueños, laceró labios; hizo crujir el hambre y despellejó a gritos las Yaretas desde el seno terco de la pampa. Muy bajo cero, entre quebradas y Bofedales imposibles, la humanidad fue apenas un balbuceo sangriento. Y en un chistar de dedos, Colchane, pueblo Aymara por donde se le mire; primo hermano de las nubes y Los Andes, se volvió un torbellino.

“Los aymara de Colchane no estamos acostumbrados a una oleada de esta magnitud. Por lo tanto, se produce un choque cultural y eso afecta la cosmovisión, la forma de vida, la tranquilidad y por cierto transgrede muchos principios aymara, como el suma qamaña, que es el buen vivir”, reflexiona el alcalde de Colchane, Javier García.

“Somos una comuna aymara que tiene una relación sobre todo con Pisiga Sucre, Pisiga Bolívar. Somos pueblos aymara que fueron divididos por dos Estados y que, a pesar de las políticas de ambos países de separar nuestra cultura, hemos formado un lazo entre hermanos, por lo que el choque cultural con el fenómeno que estamos viviendo es muy fuerte”, sostiene el jefe comunal.

 

Mariela, la tapicera

Mariela se ve asustada. Le aflige lo que ha oído decir acerca de que el Gobierno de Chile enviará aviones para ponerla, a ella y sus connacionales, de vuelta en Venezuela, su país natal. Su angustia es evidente. Arropada prácticamente hasta el tuétano con doble parca, guantes de lana y un pañuelo que cubre su cabeza bajo un sol que raja la piel sin misericordia, espera su turno para asegurarse un cupo en un bus que la saque de Colchane.

El frío es un fantasma, no avisa, no se anuncia; solo irrumpe como un soplo imperceptible hasta apropiarse de todo. No da tregua la noche altiplánica. Mariela apenas lo supo cuando puso pie en este paraje que coquetea con el cielo, así, a ‘piquitos’ suaves y a corta distancia. Que se abriga en extremo “para evitar el sol”, asegura ella, y luego rompe en llanto cuando describe la adversidad que ha vivido en estos  días. Mientras, las estrellas juegan cual adolescentes allí arriba, ignorantes de la podredumbre que se vive aquí tan abajo y tan cerca del manto azul.

“Mi mayor miedo es que después de todo esto, de sacrificar la vida de mi hija estando aquí, pasando tantas noches, me digan que nos van a deportar. He visto a madres perder a sus hijos y pienso en que me pueda ocurrir lo mismo…no es fácil”, dice.

Luego de conocer a su esposo en Colombia, en 2017, Mariela viajó a Perú. Con cinco meses de embarazo, su idea siempre fue llegar a Chile y en su primer intento, cuando se podía ingresar con cédula de identidad, dice, no pudo. “Ni siquiera como refugiada…Me dijeron que debía esperar a que naciera mi hija. Estuve esperando fuera del consulado y casi parí a mi niña allí”, narra.

Resignada se asentó en Tacna, donde aprendió el oficio de la tapicería. A Colchane llegó con todas sus herramientas, empeñada en dedicarse a eso para sobrevivir. Por ahora, la espera es larga. Ha pasado frío y la incertidumbre se ha vuelto un zumbido que no da paz.

“No pensé que iba a ser tan fuerte venir acá y hacer esto. Nos ha tocado esperar cinco días para que nos atienda un doctor y otros cuatro o cinco días para que llegue un bus que nos pueda llevar (a Iquique). En cierta parte me siento responsable, porque uno lo quiere hacer por un bien para nuestras familias, pero en verdad no sabíamos cómo estaba todo esto”, dice afligida. Sus ojos claros se tumban húmedos.

Un hombre advierte a viva voz que un nuevo grupo de mujeres (prioridad, al igual que niños y ancianos) ingresará a hacer el trámite en la unidad policial de Colchane. Es su turno entre el grupo que espera desde la mañana y Mariela se despide con una sonrisa agradecida, antes de cruzar a “autodenunciarse” por ingresar en forma ilegal al territorio. Con ello, se supone, se ha dicho, las autoridades locales se ocuparán de conducirles hasta albergues donde cumplirán una cuarentena sanitaria por lo de la pandemia del Covid, pero sobre eso tampoco hay mucha claridad. La esperanza de Mariela es poder regularizar su situación migratoria. Su miedo sigue siendo que la deporten en esos “aviones que aprobó ese señor ministro”.

Naomí y Sergio en la noche de Colchane

Sergio dice que con Naomí son amigos. “Que se han venido haciendo amigos” y así seguirá siendo hasta salir de esa cosa de venir viviendo bajo un plástico derruido que apenas se afirma de unos palos flojos. Tienen frío, pero lo disimulan con necesaria dignidad. No reclaman ni piden lástima. Naomí arrastra apenas 26 años y un hijo de 7, al que ha puesto a resguardo mientras capea la fría madrugada del sábado junto a Sergio, ambos arrimados a una fogata infructuosa.

A escasos metros, del otro lado del cerco metálico, las luminarias Led del complejo fronterizo de Colchane ni siquiera son esperanza para ellos. Mientras ella sueña con seguir camino a un país o territorio que solo supone por promesa como una suerte de oasis o primera economía, una cocina improvisada se viste de tres o cuatro ollas de un pulcro y heroico tizne que al día siguiente le pondrá un poco de gratitud a ese arroz con “algo”. Un grupo de ‘otras’ y ‘otros’ se asomarán a la hora del almuerzo y nos abrazarán con gentiles miradas. Durante esas horas gélidas, testigos de nuestro encuentro, Sergio y Naomí juegan a alcanzar estrellas que convierten en sonrisas y susurros, en medio de un infierno de baja temperatura.

 

La noche es fría. El llanto imparable de un/una bebé deletrea desigualdad y rabia bajo los plásticos de una choza que alberga a una, dos, tres familias, allí frente a la plaza central del Colchane. En el centro de esa ágora altiplana cientos han creado sus mundos de espera, rodeados por jardines y juegos infantiles. Al cobijo de coloridos portales le hacen la finta al Tata Inti , cuya prístina nobleza rebota implacable sobre una presuntuosa estructura (a la usanza de las grandes urbes) que dicta COLCHANE, donde una niña hace una pausa en ese mediodía inquieto y serena, tal vez,  imagina un mejor mundo.

Pero la noche en Colchane, de piedad solo tiene miraditas destellantes allá arriba. A mitad de la calle un tambor se agiganta con esa imagen perfecta de insurrección y suburbio. Un hombre de mediana estatura acomoda una plancha, mientras balbucea quién sabe qué rabias o dolores y torpedea con llamaradas la ingrata soledad de los que van haciendo camino en medio de la pampa ya sin salitre.

Naomí sonríe. Sereno, Sergio le explica con suaves gestos que era mejor haberse quedado del otro lado, detrás del muro que les da respaldo, mientras apunta hacia el oscuro sitio eriazo que todavía es territorio chileno, a pesar de que un cerco a mal traer y roñoso simula ser la frontera. “Aquí está más espacioso, pero da como vaina que la gente vea que uno está así, aquí”, le dice calmo, resignado. Al fondo, una baliza titila rojos y advierte a los que aprovechan la noche seca de luz para avanzar hacia esa promesa en la que, se les ha dicho (y han creído), se ha convertido Chile.

 Raúl, el luchador

Raúl tiene 40 años. Se vino sin pensarlo hasta la frontera de Bolivia y Chile de la mano de su hija de 13 años. No oculta su bronca con la situación de su país y asegura que no es ganar dinero lo que lo trajo hasta aquí, sino trabajar y “ayudar a nuestras familias, porque soy un luchador”.

Pero Raúl carga con más dolor y angustia que cuestionamientos políticos, pues “no me importa nada de la política, ni el chavismo ni la oposición; a mí lo que me importa es mi familia”. Por eso, después de una noche en que “casi nos morimos de frío”, admite que cometió un error. Un error por salir desde su tierra natal con grupos de gente y pagar dinero a “coyotes”, para terminar durmiendo a la intemperie en la plaza de Colchane junto a su pequeña. Un error, cuenta, provocado por la desesperación de conseguir un “reencuentramiento (sic) de su hija y su madre, que vive hace 4 años en Chile” con su primogénito.

Raúl la tiene difícil, pero dice no derrumbarse hasta conseguir su objetivo. Junto a cientos ha mascado la desgracia de llegar a un punto sin retorno en el que, peor aún, la solución ha cedido también a los embates de un clima severo y, por sobre todo, extraño, impredecible.

“Las localidades fronterizas no pueden dar ni cuentan con servicios sanitarios básicos para niños, ancianos, lo que se ha traducido en que, por ejemplo, aquí en Colchane estén sucediendo muertes de algunas personas y, además, ha involucrado la aparición de otros actores, como son los llamados “coyotes” o gente oportunista que abusa de estas personas”, comenta el antropólogo Raphael Cantillana.

“Mi meta era que mi hija se encontrara con su mamá. Yo llegué por travesía con un grupo de gente. Entonces cometí el error, porque no sabía qué era lo que me esperaba. Y cuando llegué aquí, me di cuenta de que fue una locura poner en riesgo mi vida y la de mi hija”, dice Raúl en medio de lágrimas.

“Estoy con ella, aquí, en una plaza que se llama Colchane, en Chile. Tengo más de 13 días tratando de llegar aquí, sin descansar ni comer bien. Lo de ayer fue insólito, estimo unos 4 grados bajo cero que los niños no soportan. Necesitamos ayuda para todos los migrantes del mundo, no solo de Venezuela. Porque cuando se sale es a trabajar, a luchar, como yo”, agrega, sin ocultar su agobio.

 

En Iquique… “todos van a entender”

En Iquique, capital de la región de Tarapacá, rige cuarentena. La pandemia ha encajado un sentido golpe a la vida bohemia que le caracteriza y las calles casi desiertas dejan una sabor a congoja entre su gente y quienes la visitan. Como postal: una extensa cerca algo improvisada a base de madera y alambre, impide el libre acceso a la playa Cavancha, balneario ícono de una ciudad avasalladora a punta de sol y brisa de puerto.

“Esta zona fronteriza de la región de Tarapacá siempre ha estado caracterizada por una migración directa de peruanos y bolivianos jefes de hogar o jefas de hogar, quienes, en búsqueda de una mejor calidad vida, se desplazaban hacia territorio chileno con el objetivo de enviar remesas a las familias en su país de origen”, explica Cantillana.

“Sin embargo, el fenómeno migratorio actual presenta algunas particularidades, como es la translocación de grupos familiares completos, desde abuelas/os, padres, hijas/os e incluso nietas/os, lo que da cuenta de que la frontera nacional, al menos la del Norte Grande no estaba preparada, en el sentido de dar respuestas adecuadas, y eso ha derivado en que hoy estemos enfrentados a una crisis migratoria y humanitaria”, añade.

Pero la normalidad del oasis maquetada por los inquilinos de Palacio (pandemia incluida), no impide que la tierra del dragón de arena rubia se conmueva ante la irrupción de cientos y cientos, que como hace más de 110 años, han venido otra vez hambrientos y haraposos desde la pampa amable y hostil, según se le mire, a reclamar un lugar en esta humanidad tan mal acostumbrada a las diferencias, a la fronteras; a las desigualdades… a eso de los otros, los extraños. Esta vez, no son pocos los que sí entienden en Iquique, y así se pude apreciar cuando algunos, a título personal u organizados, acuden hasta la plaza Brasil a entregar ayuda.

José y “el basurita”

José es mecánico. Junto a su compañera y su hijo se han instalado en la plaza Brasil a la espera de una “solución”. Como todos los que allí pernoctan en carpas de campamento y otras improvisadas con frazadas, cartones y plásticos, entraron por un paso no habilitado y llegaron a Colchane. Caminaron desde noviembre “como se dice, hermano, a trabajar. Porque en Ecuador, Perú, Colombia, la situación está mal”.

“Tuvimos que pasar cosas que no se las deseo a nadie. A veces comíamos, a veces no”, relata José, para luego reconocer que en Iquique, donde pretende quedarse, ha recibido solidaridad y amabilidad, además de un par de ofertas de trabajo.

“Acabé conociendo un señor que me ofreció trabajo y ojalá se me cumpla. Vengo a trabajar, sabemos que no es normal que nos vengamos todos así, pero…”, cuenta, cuando un punki de la calle interrumpe y dice ser el responsable de ayudar a la veintena de familias que allí han echado cuerpo.

“El Basurita”, como se hace llamar, es de los que entendió en esa ciudad donde cerca del 2%  son nacidos allí.  Con habla atropellada apunta hacia el improvisado campamento que copa la plaza Brasil iquiqueña y con un tono de político en campaña que saca risa, sentencia:

“Acá hemos tenido la más amplia voluntad, como punk, hermano, como punk de la calle, de poder compartir un plato de comida en un espacio público que me había ganado con mi esposa, pero lo ampliamos para todos. Yo invité a una pura familia, una pura carpa y al otro día, loco, ta-ta-ta-ta… ¡Y era, hermano!; esta hue’á se llenó y no va a parar”, dice convencido.

 

Silencio, sequedad… calvario

Una nubada oscura sobre la cordillera avisa de precipitaciones, rayos y, eventualmente, granizos. La ruta es compleja. Hay que conocerla, coquetearla, pero nunca subestimarla. Vehículos de distintos tamaños volcados al borde de quebradas o en los ápices de grandes rocas que cuelgan de cada altozano desértico, son el agrio testimonio de que ese camino montañoso de curvas incomprensibles te traga sin piedad, te cae encima; te atosiga y absorbe de tanta hermosura. Pero puede obnubilarte en medio de ese mar de Tolares, donde sirenas imaginarias danzan graciosas empujadas por la cruda puna.

En medio de esa cartografía absoluta que esa pampa guarda consigo de cordillera a mar, tres jóvenes, así como otros cientos, se han aventurado a cumplir su “sueño”, su “meta”, y han pagado el triste precio de, al menos hasta ahora, ser arreciados por el frío, la sed y las extensas distancias entre cada pueblo (caseríos), y no la muerte. Ignorantes de la hostil belleza de esos parajes, han grabado a sangre su huella húmeda y doliente en la ruta CH-15, movidos sin tregua por la idea de llegar a destino.

La animita de un desconocido enclavada al costado del camino y una caliza plana caída allí como una garita, podrían ser refugio oportuno en la aventura de estos tres caminantes. ¿Se pondrán a salvo?

No lo sabremos…

Lluvia…

Sol…

La pampa sopla, triza rabia con su aliento.

Silencio…

 

*Al cierre de este relato, tal cual temía Mariela, el Gobierno de Chile dispuso de un avión y expulsó a más de un centenar de inmigrantes que intentaron ingresar a territorio chileno a través de Colchane.

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