Se fueron de Veracruz a Ciudad Juárez, volvieron asustados por la violencia pero descubrieron que en casa ya estaba también el mismo peligro…y se volvieron a ir.

Por Ruta 35 y Diario 19

Ciudad Juárez, México.- La apertura de restaurantes de mariscos en Ciudad Juárez, Chihuahua, anunció a inicios de la década del 2000 que una comunidad de miles de Veracruzanos se había formado. Después llegó la venta de pollos estilo Sinaloa porque los sicarios de El Chapo Guzmán estaban en el lugar.  Estaba por soltarse la “guerra”.

“No salíamos a la calle, cada quien en su casa. Por eso no nos pasó nada o a lo mejor no nos tocaba”, dice Tomás Amaya Flores, uno entre decenas de miles de migrantes originarios de Veracruz, estado de la costa del Golfo de México.

Llegó entonces la disputa entre el Cártel de Juárez y el Cártel de Sinaloa, y después la intervención del Ejército al inicio del sexenio de Felipe Calderón, en 2006. El mundo estaba pendiente de las cotidianas atrocidades ocurridas en Juárez.

Cuatro años después el gobierno de Veracruz quiso “repatriar” a los migrantes y aunque al principio aceptaron, no tardaron en volver porque en su estado natal la única novedad que hallaron fueron matanzas y más matanzas.

“Mucha gente se alborotó y dejó su casa, su trabajo, todo. Y les fue mal porque al año o dos años se vinieron. Mucha gente vendió todo mal vendido para venir de regreso para encontrar tu casa destruida”, cuenta Tomás Anaya.

Casas abandonadas en la colonia marginal de Ciudad Juárez, Riveras del Bravo.

La Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) contó 230 mil personas desplazadas por la violencia en 2009 y en 2011, la cifra fue de 114 mil, y entre ellos iba un número indeterminado de Veracruzanos, según la demógrafa María del Socorro Velázquez Vargas, coordinadora del programa de Sociología en la UACJ.

Enrique Gómez Rosaldo, un veracruzano “repatriado”, todavía convaleciente por tres balazos que le dieron en la calle, contaba en 2011 su historia desde una casa de madera con piso de arena un la colonia El Vergel, la más pobre de la ciudad de Veracruz.

“Iba yo a comprar cuando se paró un carro y me empezó a disparar, nomás sin avisar.  yo vi dos tipos con armas largas. Los peritos me dijeron que eran cuernos de chivo. Me balacearon en la mano, en el hombro y en la nuca. Fueron tres balazos.

Me llevaron a un hospital y ahí me atendieron. Estuve como 20 días y decidí retirarme de allá porque está muy feo. Decidí venirme para Veracruz.

Pensé en mis nietos. Dije ¡no! ya dejé a mis nietos, pero me salvé gracias a Dios porque fue un milagro, hay veces que regresan a rematarlos pero Dios no me quería allá todavía”.

María del Socorro Velázquez critica que en México no existe el reconocimiento del desplazamiento por violencia, por cuestiones de seguridad.

“Después de las noticias de que fue disminuyendo la violencia y asesinatos por narcotráfico, detectamos que mucha gente regresó. En Veracruz se comenzó a recrudecer la violencia ¡y vaya recepción tan mala!” afirma la especialista.

Los estudiosos del fenómeno no tienen un instrumento que les permita contar cuántos están volviendo a Ciudad Juárez y para conocer ese dato, tendrán que esperar a que el INEGI publique su censo 2015

La Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y demógrafos de Ciudad Juárez –entre ellos María del Socorro Velázquez- están tratando de que los migrantes como Enrique sean considerados “desplazados internos”.
Tomás Anaya Flores, Veracruzano, mira el sitio donde inicia el Río Bravo, en la frontera con EU.
La quimera de tener una vida digna

El éxodo comenzó en la década de los 90: se fueron yendo de sus comunidades, de sus ranchos, de sus ciudades. Atraídos por el perifoneo que rondaba sus casas con ofertas de trabajo, quedaron hechizados por la ilusión de salir de la pobreza y acabaron a más de dos mil kilómetros de Veracruz.

No hay una cifra oficial, pero los académicos calculan que la cifra alcanzó los 40 mil en la colonia Riveras del Bravo antes del azote de la violencia y que ahora pueden ser unos 25 mil todavía.

Héctor Murguía, ex alcalde de Ciudad Juárez, dijo en 2012 que eran en total 121 mil veracruzanos viviendo ahí.

La sociedad juarense no los notaba, eran solo pares de manos para la maquila, pero a inicios del nuevo siglo comenzó la apertura de restaurantes de mariscos y pollos al gusto de los veracruzanos, no de los narcotraficantes.

Así lo cuenta el director del Programa de Doctorado de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), Víctor Manuel Hernández Márquez. “En el 2000 la población de Veracruz se empieza a hacer más visible en el imaginario de Juárez”.

Los mariscos que antes eran tan caros, ahora estaban a la mano en la modalidad de fast food  o a granel con pequeños establecimientos en el centro histórico de la ciudad, a donde los veracruzanos apodados juarochos (en lugar de jarochos) suelen ir en los días de pago en las maquilas, que son los jueves.

Tiempos duros ha vivido Ciudad Juárez desde entonces. La “guerra” declarada al narcotráfico incremento de la prostitución con la llegada de “los federales”, asesinatos masivos, rafagueos al azar en las zonas de bares, atentados con bombas, más y más mujeres asesinadas, y cruces rosadas pintadas en las paredes por toda la ciudad para recordarlas.

Y los veracruzanos siguen ahí –pese al fallido programa de repatriación del 2011-, haciendo filas en los cajeros automáticos de la calle Juárez, cerca de donde se quemó el bar gay Noa Noa, a dos cuadras de uno de los tres puentes fronterizos, entrando a los bares a plena luz del día, con sus gafetes de la maquila aún puestos.

Alrededor de una pista de baile, las mujeres tratan de rescatar sus arreglos con maquillaje que se hicieron tempranito, antes de trabajar, pensando en que saliendo irían a cobrar y bailar antes del anochecer. Sus batas se asoman en sus bolsas porque no caben.

En el bar El Sinaloense, con su tufo a cigarro y a materiales de limpieza, los grupos de hombres beben y las observan. No ríen, no las invitan a bailar, no son amables con ellas, y ellas mejor bailan solas.

Dos mujeres salen de trabajar del turno de medio día en una maquiladora, en Ciudad Juárez.

Sobrevivir en lugar de vivir

A los veracruzanos que deciden tomar el autobús y hacer el viaje de más de 30 horas para llegar a Ciudad Juárez les espera una llegada en la colonia Azteca, cerquita de los parques industriales donde están las maquilas.

Es un lugar con vistas desoladoras donde el narcotráfico está enseñoreado. No hay gente en las calles ni árboles, es un lugar que les anuncia que han llegado a sobrevivir, no a vivir.

Con la llegada de Veracruzanos y más migrantes de otros estados para trabajar en la pujante industria maquiladora antes de la disputa entre el cárteles de la droga, fue construida la primera etapa de la Riveras del Bravo, y hoy hay ya nueve etapas que se extienden con sus casuchas de interés social sobre el río que marca la frontera.

Y ahí llegaron a vivir hasta 40 mil personas, según el investigador de la UACJ, Luis Alfonso Aguirre Quiñonez, que hizo su tesis de doctorado en Ciencias Sociales sobre los veracruzanos en Ciudad Juárez y centró su trabajo de campo en es ese conglomerado de casas destrozadas con una sola recámara donde se acomodan hasta dos familias completas.

Es un lugar donde se ven a simple vista las consecuencias de la ola de violencia –y de desempleo como consecuencia- suscitada en esa ciudad con el abandono de cerca del 40 por ciento de las casas.

En esa colonia, ya conocida como Riveracruz, Andrés Mixtega, de San Andrés Tuxtla, dice que vivir hacinado en una casa derruida en la Riveras del Bravo ganando 700 pesos a la semana trabajando encerrado en una maquilla es mejor que ganar la mitad en su terruño “haciendo lo que sea”.

Para ellos la palabra “volver” significa regresarse a Ciudad Juárez, no a Veracruz.

La familia Mixtega, originaria de Veracruz, en su casa de la colonia Riveras del Bravo, en Ciudad Juárez.

Tomás Amaya tiene solo estudios de primaria y lleva 11 años trabajando en las maquilas. Ahí conoció a su esposa, que es originaria de Juan Rodríguez Clara, Veracruz, y ya tienen dos hijas.

Trabajan en lo mismo y se coordinan para que cuando uno salga de su turno, el otro le entregue a las niñas y entre a trabajar. Casi no se ven; cuando les va bien, ganan 800 pesos a la semana cada uno y eso les alcanza para hacer “una despensa completa”, un lujo que –asegura- no se pueden dar en Veracruz.

Desde “Riveracruz” nacen historias de crímenes, de “picaderos” (centros de consumo de droga), de familias hacinadas , de depravaciones y de muertes de niños como el del mural del jarochito fallecido hace años pintado en grafiti que junto tiene la leyenda: “estamos a nada de hacerlo todo”.

Dicen los oriundos de Ciudad Juárez que a Riveras del Bravo no hay que ir de noche, que es peligroso. Pero el investigador Luis Alfonso Aguirre, que se declara seducido por el jolgorio veracruzano tras su investigación de doctorado, piensa diferente.

Y le encanta que Carmelita se ponga brava porque se le siguen muriendo sus pollos, pues no entiende que en el desierto no aguantan vivos el calor, como en el trópico, como en Veracruz.

Le gusta que siempre que va a Riveracruz, es víctima de las frases de doble sentido, de los albures jarochos, y  que a cada casa a donde va lo dejan pasar y le platican mil historias y le ofrecen de comer.

Recuerda que una vez vio a un grupo de veracruzanos en el Río Bravo (que apenas tiene agua) llevándose a sus casas unos patos sin dueño y luego, con el pretexto de alimentarlos, agarraron sus equipos para pescar y los aventaron al riachuelo fronterizo, como si estuvieran en su mar, en su Veracruz.

Cae el atardecer variopinto en el desierto de Chihuahua y se oscurecen las casuchas que guardan la bulla veracruzana.

Se dejan de ver los escudos del club de futbol Tiburones Rojos de Veracruz, queda solo la silueta de una palapa construida muy a la fuerza dentro de un jardincito diminuto y se apagan las luces sobre los corrales armados con madera de desperdicio.

En el patio de Carmelita ya no se ven las parcelas con hierbas marchitas para sazonar comida que, como sus pollos, no aguantaron el calor desértico.

Al día siguiente, en unas horas, un “cardumen” de veracruzanos saldrá con su griterío desde tempranito para subirse a los camiones especiales que los llevan a trabajar.

“Aquí un jarocho no se deja. Nos tienen de que somos canijos. Por las buenas somos buenos pero por las malas somos canijos, no dejamos que nos humillen, ellos serán de Juárez pero nosotros somos veracruzanos”, exclama Tomás con su acento natal intacto.

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*Este reportaje fue producido por la ONG británica Rory Peck Trust con la gestión de Diario 19.

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