La fiebre por cultivar la palma africana llegó hace años a la Selva Lacandona como una “opción” para miles de campesinos pobres. También llegó para ocupar los espacios selváticos que se han ido perdiendo por la deforestación masiva.

Un reportaje realizado por Ruta 35 para Mongabay Latam

Texto: Rodrigo Soberanes / Fotos: Moysés Zúñiga

Rafael Lombera vive en la selva Lacandona desde niño, hace 44 años. De su casa a la orilla del río Lacantún, justo al punto donde descansan los lagartos, hay 50 metros bajando un empinado desnivel cubierto por una espesa capa de flora y fauna que esconde la tierra firme.

Sabe por dónde caminar, esté claro u oscuro, y emprende largos recorridos con su cámara fotográfica, del otro lado del río, ahí donde empieza la Reserva de la Biosfera Montes Azules, uno de los territorios emblemáticos para la conservación ambiental en México y Chiapas, el estado con mayor biodiversidad del país.

En Boca de Chajul, una pequeña comunidad del municipio de Marqués de Comillas, en Chiapas, Rafael Lombera ha visto desaparecer grandes extensiones de selva y ha sido principalmente -afirma- por la costumbre humana de explotar recursos naturales y principalmente por la ganadería.

Durante el recorrido hacia Chajul, y hasta la entrada de este pequeño poblado, se observan a orillas de la carretera letreros con la leyenda de “Pago de Servicios Ambientales”, un programa del gobierno de México que promueve la conservación en propiedades privadas o en ejidos (una figura legal que da derechos sobre la tierra a campesinos).

Los tramos de selva se disputan el paisaje con los predios sembrados con palma africana en tramos del camino.

En Marqués de Comillas, según un estudio del Instituto Nacional de Ecología, están los únicos tramos de tierra en México con selva inundable porque en otros estados, como Tabasco, han desaparecido.

Las chozas de Rafael Lombera están alzadas por grandes soportes de madera que permiten el paso de las aguas del Lacantún cuando salen a inundar sus inmediaciones.

Este rincón selvático que recibe a investigadores de flora y fauna durante todo el año está en la región donde empezó la siembra de la palma en México, a mediados del siglo pasado.

Y actualmente es uno de los puntos de referencia para ese cultivo en Chiapas, que es el principal estado productor del país con un aproximado de 64 000 hectáreas sembradas (con cifras actuales de la Secretaría del Campo de Chiapas) que superan el 70 por ciento de toda la superficie de palma africana en México.

El Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), una institución del gobierno nacional, calcula que México tiene en total 2.5 millones de hectáreas propicias para sembrar Palma Africana, una superficie mayor que el territorio de El Salvador.

La mayor parte de esa superficie propicia para la palmicultura está en el sureste (dos millones de hectáreas, según el gobierno federal), una región a la que pertenece Chiapas, que tiene las condiciones agroclimáticas para extender las plantaciones de Palma hasta en 400 mil hectáreas.

Esas tierras propicias para la palma son las que concentran el 75 % de las precipitaciones pluviales en México y parte de ellas ya están sembradas en la zona de amortiguamiento de la Selva Lacandona y en una de sus ocho áreas naturales protegidas, la Reserva de la Biosfera Montes Azules, de 330 000 hectáreas, según lo explicaron el especialista en palma africana y profesor de la Universidad Intercultural de Chiapas León Ávila y el poblador Rafael Lombera.

Son parajes que rodean por el norte, sur, este y oeste a la cabaña de Rafael Lombera.

Este conocido personaje de Boca de Chajul observa y escucha distinto que una persona que vive en la ciudad. Sabe, por ejemplo, que un Mono Araña nada dando brazadas como los humanos cuando cruza el Lacantún y que sólo conserva el estilo hasta la mitad del río, porque se cansa y después llega a la otra orilla como puede.

Sabe que no es cierto que los murciélagos tengan un radar perfecto, porque a menudo chocan con su cuerpo; que un jaguar hembra puede atacar a un humano con más facilidad que un macho; que los zopilotes más fáciles de capturar son los que rondan las plantaciones de Palma porque se comen los frutos y, como no los pueden digerir, engordan y dejan de volar.

Nota cambios en las dinámicas de la selva y tras cuatro décadas en el lugar, duda mucho que pueda seguir viendo inundaciones a su alrededor, tiene una opinión clara de cuál es la mayor amenaza para uno de los más grandes pulmones de México: “la selva se está talando para sembrar la palma africana”.

 

“Ya estaba deforestado”

De acuerdo con el director de Orticultura de la Secretaría del Campo de Chiapas, Onorato Olarte, la palma se siembra donde ya no hay selva, en potreros que eran utilizados para ganadería.

“La estrategia de fomento a la palmicultura está basada en la no tala de selva para apertura de nuevas plantaciones. Lo que se ha hecho en la Selva Lacandona es utilizar los predios que habían sido utilizados para ganadería”, afirmó en entrevista con Ruta 35.

La del gobierno es una postura que polemiza con otras opiniones que apuntan a que las plantaciones de palma “inciden negativamente en la disponibilidad de líquido” en la zona de selva, incluyendo la Reserva  de la Biósfera de Montes Azules que, de acuerdo con la publicación especializada, Gloobal, ha sido deforestada en un 80 por ciento.

Hasta 2013, el Servicio de Información Agroalimentación y Pesquera (SIAP) calculaba que el 44 % de la Palma sembrada en Chiapas estaba en zonas selváticas.

Según estimaciones de la Secretaría del Campo de Chiapas, hay cerca de 64 000 hectáreas sembradas en ese estado, con lo cual, el objetivo de llegar a 100 000 está cada vez más cerca, señaló Olarte. La postura del gobierno chiapaneco es clara y existen cuatro viveros de palma que, según el Instituto de Fomento a la Agricultura Tropical, son los más grandes de América Latina.

En entrevista con Ruta 35, el investigador León Enrique Ávila, especialista en palma africana y profesor de la Universidad Intercultural de Chiapas, aseguró que la siembra de Palma en Chiapas no incluye un control ambiental efectivo.

Antonio Castellanos, investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, con seis años de trabajo con los productores de palma en los ejidos, aseguró que una de las condiciones para recibir el apoyo del gobierno mexicano “es comprometerse a sembrarla sólo como monocultivo”. Donde hay Palma Africana, no hay más flora.

Para León Ávila la sensación cuando recorre zonas de palma es la de estar en un “desierto del silencio donde ya no hay ruido al amanecer”. Él ha caminado la región durante años y dice haber visto cómo ese cultivo ha cambiado las dinámicas de la flora, la fauna y de las personas.

En su experiencia, donde hay palma ya no se escucha el bullicio tropical al amanecer y es muy difícil encontrar aves. Los monos saraguatos -territoriales como son- están en algún reducto de vegetación peleando entre ellos, las abejas buscando polen sin encontrar y los murciélagos están sin esparcir semillas de árboles frutales, narró con detenimiento Ávila.

Y las personas que antes vivían de sus cosechas y los productos que les ofrecía la selva -explicó el especialista- ahora esperan con ansia la fecha en que los dueños de las fábricas pagan a los palmicultores y éstos a su vez reparten los sueldos entre sus empleados jornaleros.

“En comunidades que vivían del autoconsumo hemos encontrado personas pasando hambre”, contó León Ávila.

El investigador coincide con Antonio Castellanos: la principal falla está en el hecho de que el cultivo ha sido introducido como monocultivo.

Y de acuerdo con la publicación especializada, Gloobal, “las miles de hectáreas de palma africana implican no sólo mantener la deforestación sino aumentar el CO2 e incrementar la contaminación del agua con agroquímicos en las regiones de alta biodiversidad, como las regiones de la biosfera (de Montes Azules) y la selva Lacandona”.

Por su parte, Onorato Olarte aseguró que el gobierno de Chiapas, junto con el gobierno federal, tienen monitoreo sobre la actividad de los productores para vigilar que no tiren selva para sembrar palma.

De acuerdo con el funcionario, el actual gobierno chiapaneco (que inició en 2012) apuesta por impulsar la siembra de palma en territorios que ya habían sido deforestados para practicar la ganadería, en los llamados “potreros”.

“Nosotros garantizamos que el productor utilice estos terrenos para sembrar su palma. Tenemos un cuerpo de técnicos bajo los esquemas de Sagarpa. Con eso garantizamos que se esté respetando la selva”, aseguró Olarte.

Los compromisos de México

La palma es el cultivo destinado a saciar las necesidades de los mercados extranjeros y nacionales que demandan biodiesel y aceites para la industria de los alimentos.

Según el Banco de México, el país importa cerca de 462 000 toneladas de aceite de palma al año, lo cual equivale al 82 % de la cantidad que consumen sus industrias. Por lo tanto, se requieren 200 850 hectáreas produciendo para poder abastecer de aceite al mercado interno -actualmente hay 24 434 hectáreas en producción y 30 000 en etapa pre productiva-, un largo camino que recorrer que promete mejores ingresos en las regiones rurales de las zonas más pobres.

Las condiciones están puestas para que el cultivo avance porque hay programas que impulsan la siembra de palma africana en los gobiernos estatales, en el gobierno federal y en fondos extranjeros.

El avance de los cultivos de la palma africana en la selva de Chiapas se desarrolla bajo tres compromisos adquiridos por el país con actores internacionales.

Uno de ellos es el Proyecto Mesoamérica, con 10 países adheridos (Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, República Dominicana, Colombia, Panamá y México) y su Programa Mesoamericano de Biocombustibles, dentro del cual México estableció su programa de reconversión productiva. Así, se han cambiado y se seguirán cambiando miles de hectáreas ganaderas y áreas de cultivo destinadas a otros productos para sembrar palma africana.

Desde el terreno, esto se traduce en organizaciones de campesinos que dirigen sus esfuerzos a satisfacer la demanda de un comprador, que es una empresa que estableció fábricas y que impulsa la siembra de la palma en sus inmediaciones.

Es el cambio de la organización comunitaria a la monocultura, la entrada de México en la “fase de enamoramiento con la llegada de la smart agriculture (agricultura inteligente)”, opinó León Enrique Ávila.

La óptica del gobierno hacia la implementación de estos proyectos, en voz de Onorato Olarte, es esta: “El cultivo ha sido satanizado por algunas organizaciones pero el productor que vive en la selva, que tiene su potrero y que la ganadería no da lo que ellos quieren, o lo que necesitan para mantener a su familia, tienen que ver la forma de darle de comer a su familia y la palma es una opción rentable”.

Los campesinos, en palabras de León Ávila, se suben al tren del desarrollo industrial de los aceites para la industria alimentaria y los biocombustibles. Este último es un mercado regido por la Bolsa de Rotterdam, Holanda.

La investigadora del Colegio de la Frontera Sur (Ecosur), Bárbara Linares Bravo, conoció a fondo la reconversión productiva con la llegada de la palma africana al Valle de Tulijá, en el norte de Chiapas. Ella observa un fuerte cambio que está erradicando las costumbres productivas y de autoconsumo con la llegada de la palma,  de los apoyos internacionales y nacionales para propagar el cultivo.

“La expansión de este cultivo, paradójicamente, en contraposición al discurso de desarrollo sustentable que le justifica, incrementa las contradicciones sociales y ambientales”, concluyó Bárbara Linares.

Por otro lado, con sus políticas públicas internas, México deja claro que quiere sumarse a la ola internacional en el desarrollo industrial de biocombustibles con el Proyecto Estratégico del Trópico Húmedo, que incluye financiamiento a la palma africana.

“Cultivando en lugares indicados donde hay suficiente agua, no hay ningún problema, solo hay que hacerlo como con cualquier cultivo, tener un plan de manejo. Por eso hay técnicos con plan de manejo con cada parcela”, opinó Olarte, de la Secretaría del Campo.

Por el momento, el gobierno Chiapas cree que puede alcanzar su meta de 100 000 hectáreas, pues se acerca a las 65 000 y, según estimaciones de la Secretaría del Campo, el 80 % de esa superficie ya se encuentra en etapa productiva.

México tiene 10 plantas extractoras de aceite de palma. Siete de ellas están en Chiapas y todas son privadas. Alrededor de ellas los productores se organizan y hacen lo necesario para “limpiar” sus tierras y pasar de ganar -por ejemplo- 5000 pesos (277 USD) mensuales por el total de su cosecha de maíz sembrado para venta y consumo, a recibir hasta 35 000 (1 939 USD) cada mes por el monocultivo, según el testimonio de José Baldovinos, palmicultor de Boca de Chajul.

“Es la opción”

José Baldovinos, agricultor, hasta el momento ha sembrado con palma africana 27 hectáreas en las inmediaciones de Boca de Chajul y tiene preparadas otras seis que serán destinadas al mismo cultivo.

Si no hubiera decidido sembrar palma, no hubiera podido enfrentar los gastos médicos que tuvo cuando dos parientes suyos se enfermaron de gravedad.

Como miles de habitantes de Marqués de Comillas y la región selvática, Baldovinos llegó desde Michoacán en 1972 en una avioneta que aterrizó en algún camino rural o simplemente en un claro entre la vegetación.

“Aquí era pura selva pero ha ido cambiando drásticamente”, recordó, sentado en un mueble que ha colocado en medio de la calle principal de Chajul, donde se soporta mejor el calor húmedo abrasante que dentro de casa, y los trabajadores jornaleros se reúnen a mirar televisión afuera de un depósito de cerveza mientras los más chicos se juntan en el quiosco inconcluso porque ahí llega señal de celular desde Guatemala.

Cuando don José llegó a la zona, eran tiempos difíciles en esta área de frontera con Guatemala. Cuenta Baldovinos que se sentía la presencia de la guerrilla del país vecino en tierras mexicanas y que no estaba el Estado para velar por la seguridad de los habitantes.

 

Los recuerdos de don José evocan tiempos caóticos en los que invadir terrenos era fácil y el gobierno –explicó- prefirió repartir tierras a nuevos pobladores que llegaron desde Guatemala y los estados de Veracruz y Michoacán para establecer el orden marcado por el crecimiento de asentamientos humanos.

Los procedentes de Guatemala eran cerca de 10 000 refugiados, según el Instituto Nacional de Ecología, y los del interior de México, personas en busca de mejor fortuna.

El gobernador de esa época, Manuel Velasco, habló de crear un “ejército productivo” para ayudar a crear esos pequeños núcleos sociales en la región y con ello apaciguar las aguas, recordó don José entre risas.

Y se ríe porque cree que ese ejército no obtuvo nada ni le ganó a nadie. El objetivo del gobierno -aseguró Baldovinos- no se cumplió. Fue un ejército desarmado, sin pólvora. Un pelotón fallido de unas 20 000 personas, sin contar a los que se fueron huyendo del calor, la humedad y los insectos, según los cálculos del entrevistado.

En los setenta, dentro de los ejidos, comenzó la práctica indiscriminada de la ganadería y el cultivo de la palma africana. Proliferaron los “acahuales”,  que son unos espacios de selva en los que los ejidatarios talan, esperan un par de años y después inscriben esas tierras en programas de financiamiento para la palma africana sorteando así el “obstáculo” de que hay selva. Talan para allanar el camino hacia el cultivo que les es redituable.

Una fuente del gobierno de Chiapas que pidió el anonimato contó a Ruta 35 que actualmente la principal causa de deforestación en la selva es la tala de madera a manos de “empresas clandestinas” que trabajan de noche.

Es el avance hormiga de la palma en la región tropical que abarca la mayor parte del sur de México. De acuerdo con los testimonios recabados por Ruta 35, es así como han crecido y seguirán creciendo los cultivos de la palma en los estados de Veracruz, Quintana Roo, Tabasco, Oaxaca, Guerrero y Chiapas (los estados con suelos propicios para la palmicultura) en terrenos de ganadería, pastizales, “acahuales” o sitios selváticos deforestados clandestinamente.

Onorato Olarte informó que el gobierno está intentando que los palmicultores implementen planes de manejo orgánicos para reestablecer los nutrientes del suelo reciclando los materiales que quedan de las podas y de los procesos industriales.

Léon Ávila dijo que debería ser obligatoria la siembra en forma de “policultivo”, es decir, reproducir ecosistemas dentro de las plantaciones de Palma.

Pero también seguirá incrementando el flujo de dinero en esos que son los territorios más pobres del país.

La palma africana, según el testimonio de Rafael Lombera y de José Baldovinos, es el cultivo que ofrece la oportunidad de salir de la pobreza a todos los campesinos dueños de pequeñas porciones de tierra que están aumentando exponencialmente sus ganancias.

Baldovinos ha sido agricultor más de 65 años y sólo hasta ahora logró la tranquilidad económica. Gana 30 000 pesos al mes sin mayores esfuerzos cuando el resto de su vida trabajando otros cultivos como frijol, maíz o chile, lograba una mínima parte con esfuerzo máximo.

La ecuación es simple: en el programa de Pago de Servicios Ambientales el gobierno mexicano paga 300 pesos al año por hectárea de selva y una hectárea sembrada de palma en edad productiva genera una ganancia de 100 000 pesos al año.

Son cálculos de José Baldovinos, que camina en su plantación de palma junto a Rafael Lombera. Son amigos desde que llegaron a Chajul hace décadas. Antes, don José ya había probado suerte como agricultor en Michoacán y Guerrero, Rafael era un niño.

Olarte aseguró que no ha tenido reportes de personas que renuncien al Pago de Servicios Ambientales, tiren selva y pidan subsidio para sembrar palma. “No tengo ningún conocimiento de esto. Nosotros como gobierno tenemos que cuidar”, dijo.

Rafael Lombera -que es ejidatario en un tramo selvático manejado entre más personas- afirma lo contrario. “La gente se está desesperando y está talando la selva para sembrar palma”.

Es una lógica que recorre la región selvática de Chiapas que se extiende a lo largo de la frontera con Guatemala, donde se encuentran predios que suman hasta 4000 hectáreas que surten a la fábrica de la empresa Aceites Sustentables, según cálculos de los investigadores.

Y en territorio mexicano también hay productores que acaparan hasta 1000 hectáreas o pequeños propietarios que apenas comienzan –como don José en sus inicios- a acumular sus primeras extensiones de tierra.

“Así se va cambiando de la selva a la palma”, dijo don José Baldovinos, dueño de una de las casas más amplias del pueblo.

“El futuro es la palma”, lamentó Rafael Lombera, con un juego de lotería en sus manos en el que figuran las fotos de animales y vegetales tomadas por él mismo dentro de esa espesura de selva que se levantaba frente a él del otro lado del Lacantún.

 

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