Esta es la narración de 16 meses de sucesos en una pequeña comunidad de la precordillera de Los Andes. Un proyecto hidroeléctrico enfrentado a un monasterio, 10 incendios, indicios de intencionalidad, la muerte de una persona y la pérdida de casas son parte de esta historia que llegó hasta oídos del Vaticano.

Texto: Rodrigo Soberanes

Fotos: Allen Cuenca

Santiago, Chile.- El primero en notar el olor a humo, fue un niño. Había pasado por la experiencia de otros nueve incendios en solo 16 meses y tenía el olfato entrenado. Sus padres, Daniel Rodríguez y Patricia Espinoza, tomaban café después del almuerzo durante ese templado sábado de marzo de 2014 cuando fueron alertados por su hijo.

Parado en el lugar donde estuvo su casa antes de quemarse, Daniel Rodríguez lo cuenta:

“Mi señora fue a advertirle a los vecinos. Yo tomé mi moto, bajé a evaluar la situación y me di cuenta en ese momento que el incendio era voraz y venía por los dos lados avanzando hacia acá en un momento de viento terrible”.

Es el inicio del relato sobre el último y más agresivo de los 10 incendios que cambiaron la vida de la comunidad El Peumo, en el Cajón del Maipo, una región de la pre cordillera de Los Andes que está en las inmediaciones de Santiago, la capital de Chile.

Son hechos suscitados en el contexto de una intensa lucha jurídica entre esa pequeña población y una empresa -Energía Coyanco- que reclama servidumbre para partir las parcelas por la mitad con la construcción de un canal que forma parte del millonario proyecto El Canelo de San José.

Energía Coyanco pide “servidumbre voluntaria, o bien acordada o establecida judicialmente” por tratarse de un proyecto que le interesa a la nación, en este caso, para aportar 16,06 mega watts al Sistema Interconectado Central de Santiago.

Los obstáculos para la empresa han sido, sorpresivamente, tan grandes como su poder económico: Un monasterio de claustro con una comunidad de monjas determinadas a no permitir que su lugar de oración sea partido por la mitad, y el hecho de que el Peumo está dentro del Monumento Natural El Morado (con una superficie total de 3.009 hectáreas), una de las tres unidades de áreas protegidas públicas de la Región Metropolitana de Santiago. Es una región que tiene esa distinción porque es un área con “carácter único y representativa de la diversidad ecológica natural del país”, de acuerdo con el Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado (SNASPE).

“Podía quemarse todo”

Las casas de El Peumo que sobrevivieron a los incendios, y la nueva casa de Daniel, Patricia y sus hijos, están en parcelas compradas dentro del fundo El Toyo, que está a 15 kilómetros de Santiago al lado de la carretera G-27, en el inicio de uno de los caminos hacia la cordillera de Los Andes. Es una comunidad de nueve casas habitadas por familias que salieron de Santiago buscando tranquilidad. En ese lugar también están las monjas del monasterio Las Carmelitas Descalzas, quienes han encabezado la pugna legal contra Energía Coyanco.

“Se puede quemar todo” son palabras asentadas en la querella criminal en contra del gerente de Coyanco, Hernán Abad. Es una frase lapidaria que tenía más vigencia que nunca en la mente de Rodríguez el sábado 29 de marzo de 2014 cuando volvía a casa en su moto para ayudar a evacuar a su esposa e hijos de siete y nueve años. Los niños ya sabían lo que tenían que hacer y salieron de casa con unas mochilas que alcanzaron a llenar apresuradamente.

“Lo más lindo fue que uno guardó un zapato de cada par. Después del incendio y de que pasó todo le miramos su mochila y ¡ni un par coincidía! los otros se habían quemado”, recuerda Daniel, con una risa de dientes apretados.

Además de los zapatos, iban quedando entre la humareda el dinero, documentos y todo lo demás. Un Quillay (árbol nativo) al que tenían especial afecto, ya se estaba transformando en carbón. Mientras tanto, Patricia se ponía a salvo con los niños y Daniel se sumaba a los vecinos de las otras parcelas que luchaban contra las llamas.

Cuando la familia de Daniel había partido, el fuego ya estaba al lado de su casa y no había nada que hacer ahí. A unos 150 metros de distancia, Rigoberto Catalán, el trabajador que hizo de guardián de El Toyo durante 20 años, dormía la siesta en su pequeña casa cuando fue alertado por José Manuel Vergara, otro vecino.

Al momento en que Daniel los encontró juntos, las vías para salir a la carretera G-27 estaban cerradas por las llamas y sólo quedaba la opción de huir hacia la punta del cerro. Daniel y José Manuel se unieron al resto de la comunidad en su carrera para ponerse a salvo.

“El cielo era de un color gris oscuro y volaba puro fuego, fuego, fuego, que era el follaje de los árboles”, recuerda Dinora Castillo, vecina de El Peumo frente a su casa mostrando sus mangueras especiales y su piscina que ya no usa para nadar, sino como barrera entre las llamas y la fachada de su casa.

Todos los habitantes, incluyendo las Carmelitas Descalzas, tienen mangueras contra incendios y ciertos conocimientos para usarlas, pero el día del décimo incendio no hubo tiempo de actuar, todo fue demasiado rápido. Los vecinos alcanzaron la punta del cerro y quedaron atrapados, mirando desde lo alto cómo el fuego recorría sus parcelas transformando el paisaje con Quillayes, Maitenes, Espinos y Peumos en una triste pampa quemada.

Meses después, entre los testimonios de los vecinos, se hablaba de “explosiones” previas al inicio del incendio, de hallazgos de acelerantes entre las cenizas y de un inexplicable avance de las llamas en todas direcciones.

De acuerdo con los bomberos de San José de Maipo, el siniestro alcanzó la categoría de “incendio forestal”. En la bitácora oficial solamente se informó que fueron utilizados seis carros bomba para combatir las llamas y que “se quemó una persona”. El comandante de esa corporación, José Castillo, dijo a Ruta 35 que no estaba en posibilidad de decir si alguien había causado el incendio de manera intencional y se mostró escéptico sobre la posibilidad de un ataque incendiario.

El reporte extraoficial, realizado por los vecinos, detalla: “se queman en su totalidad la casa de Daniel Rodríguez, Rigoberto Catalán, Nelson Santander. Se queman parcialmente casas de señores Bruno Frías, José Miguel Vergara, Manuel Parada, Julio Coletti, Javier Morchio. Se quema totalmente material de construcción de casa de Alberto Méndez. Todos los vecinos registran daños en sus propiedades (pérdida de animales, vegetación, cercos, etc.)”. Y lo peor: “Fallece don Rigoberto Catalán”.

La muerte de un hombre común

En ese pequeño instante en que todos decidieron a quién o a qué salvar, Rigoberto Catalán volvió a casa a paso lento, con su andar afectado por una úlcera, para recuperar su herramienta de trabajo. Las llamaradas pasaron encima de la casa de este trabajador de 64 años de edad, mataron a sus gallinas y quemaron su jardín y su huerta. Y él nunca llegó a la cima del cerro.

“Finalmente esto se aplacó y ahí logramos salir. Nos encontramos con Rigoberto aquí muerto con un espectáculo terrible realmente”, cuenta Rodríguez, en el lugar donde él mismo encontró el cuerpo, frente a una animita “en recuerdo y honor” del campesino que murió junto a su motosierra.

¿Por qué volvió por una simple herramienta cuando ya todo se quemaba? Daniel Rodríguez se lo pregunta y no tiene respuesta. Para saber qué pasó por la mente del campesino en esos seguidos, hay que conocerlo como su hija, Gricelda Catalán.

“Mi papá era campesino completamente”, cuenta Griselda, desde su departamento en Santiago cuando describe a su padre: el hombre de campo que no salía del fundo más que para lo necesario, y cuando salía, hacía dedo de ida y vuelta porque nunca tuvo un vehículo; el señor que no tenía noción de para qué exactamente servía el dinero en la vida; el señor que no entendía por qué, allá abajo en la ciudad, había que pagar por la educación o el transporte; el hombre que prefería las lámparas de gas y las radios de pilas a los enchufes; el campesino que “no tenía conciencia de cómo cambiaba la vida a su alrededor” y que, a sus 64 años de edad, seguía asombrándose “cuando se daba cuenta de que la vida costaba plata”.

Don Rigo llegó a trabajar a El Toyo con su esposa y dos hijos en 1990 desde Popeta, su pequeño pueblo natal de la comuna de Rengo. Su empleador era Pedro Guillón, el dueño del El Toyo, quien años después vendería parcelas a los actuales habitantes de El Peumo y se convertiría en inversionista de Energía Coyanco en el proyecto Central Hidroeléctrica El Canelo de San José.

La madre superiora del convento, María Elisa Castillo, quien convivió con Catalán más de 20 años, todavía le agradece que cada día estuviera al tanto de que a ningún vecino le faltara agua, especialmente en los veranos, cuando los turistas llegaban al estero del El Peumo y contaminaban las aguas que abastecen la comunidad.

La noche del 29 de marzo de 2014 este hombre fue famoso en Chile por un minuto: un noticiario de televisión informó sobre un incendio causado supuestamente por las chispas de cables de alta tensión de un poste derribado por un auto. Se reportó una persona fallecida de nombre Rigoberto Catalán. Fue así como Gricelda se enteró y de inmediato partió hacia El Peumo.

Cuando llegó al lugar el incendio ya estaba controlado. Un carabinero le pidió no entrar a la parcela de su padre, que yacía muerto boca abajo, y un bombero le dijo que no hubo un choque de un auto contra un poste, por lo tanto, no habían cables de electricidad en el suelo. Desde 1990 hasta antes del inicio de las gestiones del proyecto hidroeléctrico, Gricelda no recordaba ningún incendio. Las dudas sobre lo ocurrido hicieron que la hija de don Rigo volviera al día siguiente para hacer preguntas.

Habló con los parceleros, descubrió pistas y se las contó a la fiscalía de Puente Alto, en una querella criminal presentada el 21 de julio de 2014 por el Comité de Adelanto de El Peumo y la propia Gricelda Catalán.

“Después del almuerzo escucharon varias explosiones en distintos lugares de El Peumo. No comprendo por qué se dan explosiones en un mismo momento, a raíz de qué surgen en distintos lugares del cerro, por qué comienzan tan cerca de las casas de los parceleros y del convento y por qué el desplazamiento del fuego es tan irregular y se da de un lado y otro del estero”, declaró Gricelda Catalán ante la Fiscalía.

En esa denuncia penal está la versión de los querellantes sobre una serie de sucesos relevantes. Son los hechos, con fecha y lugar, que anteceden al trágico sábado 29 de marzo de 2014.

Amenazas y más pistas

El inicio de esta historia está en el 22 de junio de 2012, día en que Energía Coyanco presentó Proyecto Central Hidroeléctrica el Canelo de San José ante el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA). Los vecinos de El Peumo se enteraron por casualidad -afirman que la empresa no les informó- y pidieron una reunión con el gerente Hernán Abad Costello. La empresa, por su lado, afirma que sí convocó a los vecinos.

La primer reunión se celebró el 29 de agosto de ese mismo año en las dependencias de la Central Guayacán de Energía Coyanco. Los querellantes afirman que ahí ocurrió la primer amenaza: “(Hernán Abad) señaló sin embragues que su meta era sacar el proyecto adelante al mínimo costo y que muchas cosas podrían pasar, que el día de mañana podría quemarse todo”, se lee en la denuncia.

La comunidad completa se enteró en la reunión con Hernán Abad de qué iba en realidad un proyecto que ellos no conocían. Y entendieron, según la vecina de el Peumo, Rocío Lineros, que la relación con la empresa iba a ser mala. El Peumo está en un sitio protegido, por lo tanto, prepararon una defensa legal basada en el daño ambiental.

El 12 de octubre de 2012 los vecinos presentaron un documento con 123 observaciones al proyecto El Canelo de San José al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental. Dentro de esta larga lista, hay dos observaciones que resumen los argumentos de los vecinos.

La primera es de Rocío Lineros. Ella tomó la Ley 20.283 que describe las características de los bosques nativos (tienen especies autóctonas), de los bosques nativos de preservación (porque tiene especies vegetales protegidas) y de los bosques nativos de preservación y protección (porque está ubicado en una pendiente igual o superior al 45 por ciento, en suelos frágiles o a menos de 200 metros de manantiales u otros cuerpos de agua).

Comprobó que El Peumo cumple con las características de las tres categorías y señaló que Energía Coyanco debería presentar un plan de manejo para bosque nativo y de preservación, es decir, un documento diferente al que presentó para justificar el proyecto (presentó un plan de Manejo Forestal para Obras Civiles).

Después está una observación del monasterio, a través de la priora María Elisa Castillo, que instala la lucha entre el desarrollo industrial y el derecho a la vida contemplativa:

“Afecta especialmente nuestra irrenunciable clausura papal y anhelada privacidad, buscada y alcanzada en este terreno de gran belleza y apartado de distracciones externas, al ser un monasterio de clausura y contemplación”.

A partir de ese momento, esa concepción de la vida se ha enfrentado de manera férrea contra el objetivo de Chile establecido por el ex presidente Sebastián Piñera de generar 50 mega watts en 2020 para satisfacer la demanda energética del país. Así lo establece Energía Coyanco en su descripción del proyecto.

Durante esos días las monjas se enteraron además de que el proyecto que amenaza con partir en dos su convento -a la altura del área de retiro, el viacrúsis y el santuario de la Virgen del Carmen- tiene relación con un sector empresarial allegado a la Iglesia. José Antonio Garcés, presidente de la Unión Social de Empresarios Cristianos (USEC) es socio de Energía Llaima, la matriz de Energía Coyanco.

“Son monjas que están fuera del mundo pero defendiendo su clausura papal, su lugar de oración y el medio ambiente. Esto contradice los vínculos de la Iglesia en Chile con sectores conservadores tanto religiosos como empresariales”, apunta el abogado Roberto Celedón, defensor de la causa de las monjas.

La defensa de ese pequeño tramo de área natural protegida y de lugar de oración, llegó a las más altas esferas de la Iglesia Católica. El abogado Celedón y otras dos fuentes cercanas coinciden en que las carmelitas Descalzas fueron “persuadidas” para permitir el proyecto hidroeléctrico. Por su lado, la madre María Elisa Castillo es moderada al referirse a ese tema: “Ellos han hecho lo que ha estado en sus manos”, dice, tras una reja metálica en el locutorio del convento que delimita su mundo contemplativo del exterior.

De acuerdo con la priora, estos fueron los hechos: Energía Coyanco “se quiso entrevistar con el arzobispo de Santiago”, Ricardo Ezzati para pedirle su intervención a favor del proyecto hidroeléctrico, “pero monseñor no los aceptó” y en su lugar envió al sacerdote Rodrigo Tupper (que en 2015 renunció al sacerdocio). “Él conversó con Coyanco, después vino acá a presentarnos lo que ellos querían, nosotros les hicimos ver cuál era la realidad, y se zanjó todo”.

Maria Elisa Castillo confirmó que el caso llegó hasta oídos de El Vaticano. “Nos mandaron una señal”, dijo la priora, “pero no entremos en detalles”. Y Cerró el tema.

Mientras las 123 observaciones ambientales al proyecto El Canelo comenzaban a ser estudiadas en los escritorios del Sistema de Evaluación Ambiental, el domingo 25 de noviembre de 2012 -un mes y nueve días después de la entrega de ese documento- comenzó a “quemarse todo” en las inmediaciones del convento de las Carmelitas Descalzas.

Alejandro Rubí era el vecino más cercano al monasterio. En la denuncia penal está su testimonio sobre el inicio del primer incendio, que fue recogido en el informe policial 1344/854 de la Brigada de Investigación Criminal de la Policía de Investigaciones: “sentí un sonido que venía del exterior, fui a mirar a la ventana del baño percatándome que se trataba de fuego que provenía de del sector del monasterio desde una parcela que está desocupada contigua a mi terreno”.

Y, después de contar que Coyanco había mantenido “conversaciones” durante más de seis meses “porque existe flora y fauna protegida”, el testigo Alejandro Rubí agrega: “nos causa extrañeza lo sucedido porque justamente el fuego arrasó con las especies arbóreas protegidas, quedando de alguna manera el paso libre para que esta empresa continúe su proyecto”.

Su casa y un auto se quemaron por completo. Ruta 35 intentó ponerse en contacto con Alejandro Rubí pero fue imposible. Lo único que se supo es que se fue de la comunidad hace pocos meses sin avisarle al resto del grupo.

Desde el lado opuesto, en el monasterio, las monjas escucharon los estruendos de las llamas frente a la entrada del convento. Era como una gran tenaza parecida a los brazos de la monja María Angélica Hernández cuando los extiende para hacer la representación de ese momento tras la barrera del locutorio. Recordó que de niña presenció un incendio de un auto, en Puente Alto, su barrio, pero lo que tenía enfrente era algo nunca antes visto.

Las 15 monjas salieron en chalas con palas y mangueras caseras. Se acercaron al fuego lo suficiente para quemarse la laringe y los pies. De poco les sirvió cubrirse las caras con sus hábitos. Una de ellas sufrió asfixia y logró ser llevada al hospital a tiempo.

Al día siguiente, con las llamas apagadas, se observaron los cuatro costados del convento con vegetación quemada, de acuerdo al reporte elaborado por los vecinos. También afirman haber encontrado una lata de cera enterrada donde iniciaron las llamas. Este incendio, sin embargo, no figura en la bitácora de los Bomberos de San José del Maipo.

Las pruebas de lo ocurrido están en los hábitos quemados y en las idas al psicólogo de las monjas que durante meses vivieron con más zozobra de la que estaban preparadas para aguantar. Días antes del incendio, durante aquel noviembre, les había llegado una carta de Energía Coyanco solicitándoles 3 mil metros de servidumbre para el proyecto.

A la negativa de las Carmelitas Descalzas, siguió el incendio. Dentro del lugar de oración se desataron las conjeturas sobre un posible ataque incendiario.

Tres acontecimientos siguieron dentro del monasterio de claustro: la compra de equipo contra incendios, entrenamiento para usarlo y una lista con los pasos del procedimiento anti incendio colocados en una pizarra; una denuncia interpuesta por Energía Coyanco en junio de 2013 contra las religiosas y el arzobispo Ricardo Ezzati (su nombre fue retirado de la denuncia después de que el arzobispo demostró que él no se oponía al proyecto), y la creación de una pintura en acuarela de la Virgen del Carmen, “madre y reina de las montañas y las aguas”.

No es una figura religiosa común. Su pie izquierdo está apoyando en una piedra para acomodar mejor en la cadera a su bebé que sostiene de la espalda y el estómago, como una madre mundana, no como una deidad. Es morena, te mira a ti, no al infinito. Está ataviada con motivos mapuche y ambos portan coronas que representan a Los Andes. Detrás están un lugar igual a El Peumo y la cordillera.

Después, esa figura fue realizada en una escultura que colocaron justo el tramo que necesita Energía Coyanco.

Mientras tanto, la empresa compró el predio que se incendió. En declaraciones a la Brigada Especializada en Delitos contra el Medio Ambiente de la PDI (informe policial 115/851), Hernán Abad informó que al momento del siniestro, las parcelas ya estaban bajo su control. La compra ya estaba en trámite.

“Las parcelas ubicadas entre el señor Rabí y el convento fueron adquiridas por nosotros luego del incendio pero el trato había sido con anterioridad y se había demorado por los trámites notariales y legales de rigor”, declaró el gerente de Coyanco.

Siguieron los incendios. Los vecinos cada vez adquirían más entrenamiento y los niños afinaban el olfato, su pequeño sistema de alarma. Todos perfeccionaron sus protocolos de seguridad, se nombraron a ellos mismos Los Guardianes del Peumo, pasaron mañanas, tardes y noches juntos apagando fuego. Se conocieron entre las brasas. Y todos juntos le colocaron una cruz a Rigoberto Catalán con sus firmas y mensajes de cariño.

El 31 de 2014, la Comisión de Medio Ambiente de la Región Metropolitana rechazó el proyecto de la Central El Canelo y Energía Coyanco apeló el fallo en el Comité de Ministros y ahí se aprobó pero la resolución pedía un plan específico para la construcción del ducto.

Siguió la pugna legal. Los vecinos enviaron un recurso de anulación al Comité de Ministros (participan los ministros de Medio Ambiente, Economía, Minería, Energía, Salud y Agricultura) que no prosperó. Después lo intentaron con un recurso de reposición en agosto de 2016. Lo perdieron.

El Canelo de San José está, hasta hoy, aprobado. Las Carmelitas Descalzas interpusieron un recurso legal ante un tribunal ambiental. Lo próximo será recurrir a tribunales ambientales internacionales.

Gicelda Catalán vio la cruz en memoria de su padre a finales de 2016. No la conocía porque no había vuelto al lugar. Sus pasos hicieron crujir los restos calcinados de la que fue su casa cuando era niña. Llevó una foto de su padre y su hermano Lizardo, quien falleció en 2011 por una enfermedad. Se paseó un rato por el lugar cargando la foto y al final la colocó en la animita.

Una fuente de la Fiscalía de Puente alto informó a Ruta 35 que no podía dar ninguna información sobre la querella criminal por las supuestas amenazas del gerente de Energía Coyanco y la muerte de Rigoberto Catalán porque la investigación sigue abierta.

Oficialmente sigue abierta, pero a Gricelda Catalán le dijeron de manera extraoficial que no tuviera esperanzas, que ningún acelerante fue encontrado, que ninguna explosión ocurrió y que ningún cable de alta tensión formó parte de un ataque incendiario.

La familia de Rigoberto Catalán nunca recibió una llamada de condolencias de parte de los dueños de El Toyo. Pedro Guillón, el dueño, murió en diciembre de 2015.

Cuando “Rigo” murió pasaba tiempos duros, pues no recibía un salario. Su “patrón” le había suspendido el pago durante los tiempos en que se había hecho socio del proyecto hidroeléctrico, y el campesino se buscaba la vida haciendo trabajos aquí y allá dentro de El Peumo. Por eso se compró su motosierra. Y murió, según su hija, porque intentó salvar la única cosa que le había costado una suma importante de dinero. Murió porque tuvo conciencia del dinero.

 

*Este reportaje fue producido por Ruta 35 y Mongabay. Vea la versión original aquí.

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