Esta es la narración del fotógrafo Víctor Ruiz Caballero luego de aproximarse a la intimidad de una clica de la pandilla Barrio 18. Durante años, sus fotos se centraron en las redadas a casa de mareros, hasta que ellos abrieron las puertas de sus hogares para enseñar la vida familiar que habita dentro.

Texto y fotos de Víctor Ruiz Caballero

Para revisar la galería de fotografías completa -> Fotoreportaje: Los maras por dentro.

San Salvador, El Salvador.- Me reuní con el contacto, José, un voluntario del Comando Rescatista de San Salvador. El primer paso fue ir a la misma “clica” (lugar o zona donde operan) de la Mara 18, o la Raza, como se llaman ellos mismos. Ahí donde fue el encuentro, en el mercado del Parque Libertad, la Raza cobraba peajes a los microbuseros, una especie de impuesto por protegerlos e impedir que sean asaltados.

Los pandilleros no tardaron en llegar. Era un grupo de muchachos de entre 14 y 20 años de edad, los hombres vestían camisa de cuello y gorras, y las mujeres, blusas y pantalones para esconder los tatuajes y evitar conflictos con la ley Mano Dura, impuesta por el entonces presidente Francisco Flores.

Me miraron, me estudiaron. No confiaban en mí por el trato que reciben de la prensa sensacionalista local. Unos se nos acercaron como lo haría una fiera antes de abalanzarse sobre su víctima del día. Los integrantes de la Raza o “la familia” se comunican con modismos, gestos y señas propias, que solo ellos identifican.

La Chola, una mujer de unos 23 años, viste como cualquier comerciante del mercado y va acompañada de su hija de seis años. “Yo no quiero esto para mi hija”, nos dice. La percepción que hay en terreno es que los culpable de la pobreza y la violencia son el gobierno de El Salvador y las nulas oportunidades laborales dignas que hay en el país.

La guerra civil de los años 80 desplazó a un millón de personas. La mayoría se fue a Los Ángeles, California. Eran familias desintegradas con niños violentados desde que nacieron. Sin escuela y realizando trabajos forzados, los niños no vivían: sobrevivían. Entre drogas, hermandades y rivalidades surgieron las “maras”.

El gobierno de Estados Unidos inició las deportaciones masivas y esas pandillas echaron raíces en El Salvador, en contextos de más violencia y pobreza extrema. Los niños migrantes volvieron a casa ya crecidos, y en lugar de un grado escolar, tenían conocimientos de cómo robar, vender drogas y matar. También aprendieron a odiar a muerte a pandillas rivales.

Las maras se extendieron a Honduras y Guatemala, el llamado triángulo norte de Centroamérica y son un fenómeno social vigente y muy connotado. Pero lo que se cuenta poco, es que las y los mareros tienen embarazos, bebés, mamás, amores, despedidas, fiestas, bailes, encuentros y desencuentros.

La Chola nos conversaba. Más bien, nos interrogaba. Con un ojo atiende a la Raza y con el otro a nosotros. A ella le conté la propuesta de historia que llevaba en mente: entrar en su hogar para poder retratarla en sus labores diarias de madre. Me escuchaba y observaba con recelo, miraba de reojo al contacto que me trajo hasta aquí.

El voluntario, mi contacto, intercedió para calmar su desconfianza. Más tarde, ya estábamos en el corazón del territorio controlado por La Raza con más integrantes del grupo que nos preguntaban por qué, dónde y cuándo. No pasó mucho rato y llegó la “chota”, Policía Nacional Civil (PNC) y en un suspiro los 10 chicos que nos rodeaban desaparecieron dentro del mercado. La policía, al ver que el puñado de pandilleros se les escurrió, nos interceptaron para hacernos una revisión de rutina.

“¡Párense de ahí, abran las piernas, las manos en la nuca!, ¿qué hacen en este lugar?”, gritaron. Nos trataron como delincuentes y, a la vista de todos los transeúntes, nos revisaron cada extremo de nuestro cuerpo en busca de droga, algún arma u objetos cortopunzantes. La chota estaba buscando pandilleros.

Ese altercado causó que tuviéramos que salir del lugar, pues con la PNC encima, sería imposible hacer contacto nuevamente con la Raza. A pocas cuadras del parque nos encontramos a un conocido de mi contacto apodado el Alacrán, de unos 35 años. Era amable, platicamos con él. El voluntario –que me presentó como un “amigo de confianza”- me dijo entre dientes que el Araña era uno de los “duros” de la clica.

Durante cinco años fui testigo de redadas policiales que acababan en la sustracción de personas de sus casas y con mamás e hijos observando desde la puerta y ventanas cómo se llevaban al varón de la casa, al pandillero, al que traía el sustento. Y al día siguiente, lo de siempre: notas en la prensa local con políticos presumiendo las detenciones y tras algunos días, los detenidos eran liberados. Un circo político.

Foto/Victor Ruiz Caballero para R35R

El Alacrán y yo hablamos de la ley “anti-mara”, o ley Mano Dura. Me dijo que ésa no era la opción para acabar con la violencia. Hablamos sobre mi reportaje, le conté lo que quería mostrar con mis fotos y le pedí que me permitiera entrar a la clica y transitar con mi cámara sin tener que preocuparme por mi seguridad.

El marero se interesó en el tema y nos invitó a pasar a uno de sus locales de venta de popusas (tortillas de maíz rellenas con queso) y cervezas. La primer cerveza apagó la sed, con la segunda entramos en el tema y sus riesgos, con la tercera nos aconsejó dónde podíamos encontrar a unos de los estandartes de la pandilla, el Viejo Lin, quien aun dentro de una cárcel manejaba su propia clica dando órdenes por celular. Con la cuarta cerveza nos dijo que mejor habláramos con el Momia.

El tiempo pasó ligero y a las horas llegó el Momia, tan vivo y sobrio con un par de guardaespaldas que vigilaban dentro y fuera de la pequeña tienda.

Moreno, con pómulos afilados y ojos hendidos, arribó en un auto último modelo con vidrios polarizados. Se presentó ante mí con una serenidad que ponía los pelos de punta, me dejo claro el porqué de su apodo. Tuve que repetir al detalle la explicación de mi intención en ese lugar.

Mi contacto intervino una vez más y le recordó cuando le sacó una bala del hombro derecho después de un enfrentamiento entre pandillas. “No tendrás ningún problema con él, es amigo de mi entera confianza”, le dijo, y agregó: “si las fotografías que logra obtener son publicadas dentro del país, yo me pongo a disposición de la raza”.

No recuerdo el momento en que conocí al voluntario pero cuando pienso en él, también me llegan un montón de recuerdos de desastres naturales, redadas, crímenes, heridos y más calamidades en las que estuvo presente. Siempre en situaciones al límite, siempre poniendo el cuerpo por delante para cuidar a otros.

Su ayuda me abrió las puertas para conversar con el Momia y pactar los términos del reporteo. Nos adelantó lo que veríamos y escucharíamos desde este mismo día. Yo recordé el funeral de una chica que, años atrás, fue asesinada en plena calle con su bebé en brazos por haber intentado salir de una pandilla.

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En poco tiempo ya éramos parte del lugar y el Momia tranzaba sin ningún tapujo con sus contactos en México, preguntado por la llegada de cinco menores a Estados Unidos que había enviado con sus coyotes.

Me citó al las 12.00 horas del día siguiente. Ya era de noche en el corazón del gran San Salvador y en los casi seis años que viví ahí, era la primera vez que caminaba sin temor a ser asaltado.

Llegó ese mediodía. Cuatro pandilleros hablando entre ellos, quizá comentando las instrucciones que les dio su jefe. Me senté a esperar, no quise interrumpir su reunión. Luego llegó la Chola, también enterada de la reunión que yo había tenido con el Momia. “Estamos esperando a los demás para hablar sobre el tema y ver qué decidimos”, me dijo ella. La decisión no fue unánime, pero la Chola accedió a ser fotografiada en su hogar. Me invito a su casa, y ya estando ahí, los demás llegaban uno a uno.

Pidiendo permiso para mover cualquier músculo, pude sacar mi cámara, para que ella y su hija se acostumbraran a la presencia de mi instrumento de trabajo. Luego llego el Chobi y pidió que le afeitaran la cabeza para poder lucir cada tatuaje oculto bajo el cabello. Mientras caía el pelo y aparecía la piel pegada al cráneo, iban surgiendo historias de su vida contadas con tinta negra. Y yo ya estaba tomando fotos dentro de su seno familiar.

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La Chola, herida

Estuve ahí hasta el atardecer. No quise seguir incomodando y me fui satisfecho con lo que había logrado ese día. La familia, la unión, la amistad, los niños, la fidelidad y la marihuana estaban retratadas con mi lente. Les pedí permiso de volver muy temprano al día siguiente.

Llegué puntual a la cita y me encontré a la Chola tendida en su cama con una bala alojada en el muslo. Me dijo que fue un accidente, pero entre la Raza que la visitaba se comentaba que había ido a dar de baja (a matar) a una integrante de la Mara Salvatrucha (MS13). Nunca quedó claro qué pasó ni se supo quién fue la víctima, si es que la hubo. Ella no quiso entrar en detalles, era una misión secreta encargada por los líderes de la pandilla. Una tarea más del día que tuvo que cumplir y yo no quise seguir preguntando. Tampoco pude confirmar qué pasó aquel día en la vida de la Chola.

Nunca estuvo sola y menos le falto qué comer. Sus amigas, también de la Raza, se encargaban de cocinar y cuidar de ella y su hija, los homeboys (sus parejas) llegaban de a uno, trayendo consigo las verduras para el almuerzo y la cena. Los pandilleros actuando como una familia demostrando que la hermandad y fidelidad entre ellos era su primer código de sobrevivencia.

Ese día me fui temprano para dejarla descansar. Al salir le pregunté dónde vivían más miembros de la pandilla y le pedí que interviniera por mí para que me dejaran entrar al edificio en donde se alojaban. No hubo problema.

Foto/Victor Ruiz Caballero para R35R

Me fui al edificio para rondar el lugar. Era de noche y los pandilleros disfrutaban del fresco. Unos jugaban a la pelota y otros conversaban entre ellos en el portal del edificio. Como ya antes me habían visto en la casa de la Chola, los más curiosos me pidieron ver las fotos. Yo no quise presionar, solo dejé que el tiempo pasara y se fueran acostumbrando a mi cámara y a mí. Un día más, una noche más. Todos entraron al edificio. La puerta cerraba a las 12 de la noche, nadie podía entrar ni salir. Eran medidas de seguridad.

Al otro día volví a visitar a la Chola, no quería perder de vista su recuperación. La acompañé a hacerse curaciones al local de los voluntarios, una especie de comando de salvamento, un grupo de jóvenes voluntarios dispuestos a trasladar heridos de accidentes en una ambulancia donada por alguna ONG de los Estados Unidos y arriesgar la vida en rescates luego de los diferentes desastres naturales que se vivían en el país. La Chola salió de su casa acompaña de la Snake (otra integrante de la pandilla) y del Chobi.

Aunque iba apoyada en ellos y haciéndose la valiente, la Chola, recia, caminaba tratando de cargar todo su peso en la pierna buena, pero su rostro reflejaba todo el dolor por la bala alojada en su muslo, dolor que trataba de combatir mordiendo un pañuelo. Necesitaba de un doctor y de una cirugía inmediata para poder sacar esa bala, también de unos buenos calmantes para dormir tranquila, pero no se arriesgaba a ir al hospital porque sabía que tendría que entrevistarse con la policía.

No había más remedio. Sus más cercanos, que eran los voluntarios, sólo podían ver si la herida estaba infectada, hacerle curaciones superficiales y de paso recomendarle algún anti-inflamatorio u otra pastilla para prevenir la infección. La Chola se conformó con la curación y regresó a su casa a esperar que la herida cerrara y que su cuerpo se acostumbrara a la bala con el pasar los años.

Esa misma noche acepté la invitación de mi contacto para asistir a un local de fiestas en donde supuestamente llegaban pandilleros con sus homegirls (novias). No logré contactar a ningún pandillero pero disfruté mucho del ambiente del lugar. Me fui temprano. Al salir observé que la policía estaba haciendo revisiones rutinarias, me vieron salir con mi cámara al hombro y se fueron del lugar. Como todo era normal, seguí mi camino y me fui a casa.

Gran error: la decisión de irme fue la peor que había tomado en todos esos días. Al otro día supe que habían llegado los pandilleros y la policía irrumpió en el local. Mi contacto me contó que arribaron con un “soplón” de rostro cubierto que señalaba a miembros de la pandilla. Tomaron detenidos a cinco, ninguno de los que había conocido.

Los siguientes días los pude compartir con la Raza del edificio, poco a poco me fui ganando su confianza hasta para conocer al “máximo”, Carlos Ernesto Mojica, apodado el Viejo Lin, precursor de la pandilla Mara 18, encarcelado acusado de narcotráfico y de matar a varios de sus adversarios de la MS13. La cita la realizó una de sus ex homegirls: la Chola. Y al tener a toda la pandilla de mi lado, accedió rápidamente a que yo fuera a la cárcel de alta seguridad de Zacatecoluca a una convivencia que tendrían con sus familiares.

El miedo me tenía con la adrenalina subida. Poder entrar a la cárcel saturada de pandilleros (más de 400 miembros de la Mara 18) era como meterme a la jaula del león, pero ya estaba ahí y no podía dar marcha atrás. Los guardias revisaron todas mis pertenencias para luego llevarme a la entrada de la prisión. Cuando llegamos a la puerta nos atendió un pandillero que era el vocero. Ahí esperamos mientras buscaban al Viejo Lin. Ya me parecía raro tener que esperar con el guardia de seguridad, fuera del recinto, hasta que el Viejo Lin apareciera.

Pasados 20 minutos, llegó. Tenía un semblante y un aliento que dejaban claro que la fiesta estaba en pleno apogeo. Me llamó a que me acercara a la reja y me hizo preguntas de política, vida cotidiana y guerra. Después de dar un discurso político en contra del gobierno de Antonio Saca (sucesor de Francisco Flores) y sus medidas de seguridad anti-maras, me dejó pasar.

El guardia que habían mandado para mi resguardo no pudo entrar y yo seguí mi camino (había firmado un papel en el que me hacía responsable  de mi seguridad). “Usted dígale a su jefe que él estará bien con nosotros, no le pasara nada, le doy mi palabra” dijo el Viejo Lin. “No se preocupe, le pondré tres guardias, dígale eso a su jefe”, dijo Lin. Y así fue, pasamos y con un movimiento casi militar ordenó a tres mareros de su plena confianza que nos acompañaran a donde nosotros quisiéramos y encargó que todos en la cárcel me atendieran con respeto.

Solo me concedieron dos horas de visita. Un galpón, música ranchera y luego hip hop. Bailaban unas cien personas, entre familiares, novias, amigos y presos.

Foto/Victor Ruiz Caballero para R35R

No hubo tiempo para interactuar con cada uno de ellos, los guardias me llevaban a tirones para que pudiera alcanzar a visitar cada rincón de la cárcel y luego presentarme a su familia para que les tomara una foto de recuerdo. No hubo tiempo para empaparse de cada historia, solo de sudor por la apurada visita.

Hoy aún intento digerir todo lo que mis ojos alcanzaron a ver estos días de convivencia con la Raza 18, me quedan imágenes para el recuerdo en mi retina y un reportaje inconcluso que algún día quisiera continuar.

*Algunos sobrenombres fueron cambiados por seguridad.

2 Comentarios

  1. Muy bueno,,quiero más ,quiero más. Grande Víctor Ruiz Caballero.
    PD: escribe cada cosa que en tu retina quedó pasarlo a papel ,haces que uno viaje y “viva” lo que tú viviste.

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