La ruta migrante del desierto inicia con cruces  para recordar a los muertos. En Altar y Sásabe, Sonora, está el último tramo que le queda a viajeros que llevan más de 3 mil kilómetros a sus espaldas. Este es el relato de lo que pasa en la antesala del tramo final. A los que logren llegar a Estados Unidos les dirán los “super latinos”.

Por Rodrigo Soberanes

Altar, México.- Hay una caseta de peaje abandonada en medio de un camino de tierra. Del lado izquierdo unos pequeños cuartos sin ventanas, sólo oscuridad adentro. Del lado derecho las siluetas de seis cruces y la de un hombre con sombrero. Es casi de noche. El viento frío anuncia la casi inmediata llegada el invierno y sopla a sus anchas en el desierto de Sonora, en el norte de México, al sur de los Estados unidos de Norteamérica.

El hombre gritó  “¡vámonos!”. Subió a su camioneta y desapareció del lugar dejando una nube de polvo. Nunca dijo qué o a quién vio, sólo se enfiló unos metros hacia la carretera Miguel Hidalgo y Costilla y viró hacia la derecha rumbo al centro de Altar.

Este pueblo que no llega a los 10 mil habitantes es uno de los últimos parajes de la ruta migratoria. El camino del desierto inicia donde están las seis cruces en memoria de miles de migrantes que han muerto en el desierto. Lo que hay después es un camino de 96 kilómetros controlado por normas que no impuso la autoridad oficial.

El destino se llama Sásabe y es uno de los lugares donde termina América Latina. Después está el desierto de Arizona, donde la morgue de Tucson ha recuperado 2 mil 330 cadáveres desde 2001.

El hombre del sombrero -que conoce esas normas al derecho y al revés- es el párroco de Altar y por esta ocasión prefiere no entrar en el camino. Pero sí lo hará.

La Secretaría de Gobernación de México calcula que cada año ingresan 150 mil migrantes a ese país y organizaciones independientes creen que la cifra ronda los 400 mil, es decir, más del doble. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) afirma que el flujo migratorio de Centroamérica y México hacia Estados Unidos es el más grande del mundo.

El sacerdote vuelve al albergue para migrantes que dirige. Ahí los viajeros centroamericanos verán lo mismo que han visto desde su entrada al sur de México por Tapachula, Chiapas, o Tenosique, Tabasco: imágenes religiosas, carteles con listas de derechos humanos de los migrantes, recomendaciones para sobrevivir en la ruta migratoria, reglas internas, horarios para comer, para dormir, entrar, salir. “Aquí tenemos a los que se van a convertir en súper latinos”, reflexiona el cura.

El albergue en ese momento no tiene migrantes. Solo dos señores mexicanos de Sinaloa (se les nota en el acento) que se hacen pasar como viajeros pero en realidad están ahí porque trabajan en una cosecha cercana y quieren ahorrarse el hospedaje. Es su última noche, a la siguiente no los dejarán entrar.

El Párroco de Altar se recarga en la parte trasera de su camioneta, de su troca, y platica. Se quita el sombrero, revisa sus mensajes en el celular, sigue platicando. Mientras tanto pasa una patrulla de la Policía Municipal y baja la velocidad para saludarlo. Él da una discreta señal de aprobación, es un ok para los acompañantes desconocidos. También rondan camionetas que no son de la policía, pero vigilan.

En Altar hay un hotel de 100 habitaciones. Está en la carretera que lleva a la ciudad de Caborca y luego a Tijuana, más hacia el norte. No hay huéspedes pero todo luce como si los hubiera. Hay suficientes empleados para mantenerlo limpio y presentable.

Amanece. Una leve bruma se levanta desde la hierba de las orillas de las amplias y vacías calles de tierra, que son la mayoría. Las ventanas de las casas están empañadas porque un soplo de humedad consintió a Altar durante la noche. Dentro de unos meses esas ventanas estarán empañadas por escarcha, cuando las temperaturas nocturnas bajen de cero grados. Por el momento, los días son templados en Altar.

Pasa un par de horas y las calles siguen vacías. Pasa una hora más y comienzan a salir niños tomados de la mano de un adulto y jóvenes con sus uniformes escolares. Caminan frente a casas con una o dos camionetas de lujo en el garaje, frente a predios desolados y a negocios cerrados.

Algunas tiendas de abarrotes que rodean la plaza central abren sus puertas y colocan a la vista  decenas de galones de plástico para cuatro litros pintados de negro opaco. Son como racimos de uvas que durante el día atraerán migrantes o tratantes de migrantes, a los llamados coyotes. Se necesitan justo esos recipientes porque no reflejan los rayos del sol durante la travesía en el desierto y reducen las posibilidades de ser descubiertos por la Border Patrol.

“Se venden más de éstos que litros de leche”, dice el dependiente de la tienda. Es delgado, de canas recién lavadas, brillo en el entrecejo arrugado (dicen en el norte de México que a los que viven en el desierto se les arruga esa parte de la cara porque siempre están viendo muy a lo lejos) y sus manos puestas en una vitrina, manchándola de crema recién aplicada con sus dedos.

Detrás de las huellas digitales embarradas en el vidrio está a la venta el kit de supervivencia que necesitan los migrantes. Gasas, suero, bloqueador solar, bandas para proteger heridas, cloro para el agua y, fundamental para las mujeres, pastillas anticonceptivas y condones. “Saben que hay 50 por ciento de posibilidad de que las violen” dice.

Afuera, sobre la banqueta, se despliegan puestos similares en su forma a los de cualquier feria, pero aquí se vende la ropa que necesitan los migrantes. Estos puestos ofrecen el remedio contra los sofisticados radares y demás métodos de búsqueda de la Border Patrol, del otro lado de la frontera.

Hay gorros, chaquetas, camisas y pantalones camuflados con los tonos precisos para pasar desapercibidos en el desierto y zapatos de tela con suela de alfombra que suaviza el impacto de las pisadas, con lo cual, -dice el vendedor- los radares de la “migra” pueden confundir las pisadas de humano con la de un animal.  Ningún producto de estos cuesta más de 10 dólares.

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La ruta migrante del desierto inicia con cruces  para recordar a los muertos. Foto/Ruta35.

“Altar ahora ya vive de los migrantes”, dice el comerciante, quien durante el día recibirá a muy poca gente en su negocio, pero cada cliente llevará varios artículos y los entregará dentro de las casas de hospedaje donde los migrantes, con sus vidas ya en mano de tratantes de personas (coyotes) esperan la salida hacia las seis cruces y los 96 kilómetros hacia El Sásabe. El último tramo de América Latina.

Lo que hay en Altar es una gran terminal terrestre escondida entre paredes. Las salas de espera están dentro de casas de huéspedes.

Al parque llegan dos camionetas blancas. A menos de dos cuadras de la plaza están casas de huéspedes. Puertas adentro están migrantes -mujeres y hombres- de todas las edades. Su energía al cruzar la frontera de El Ceibo o de Tecun Umán (Guatemala) desapareció. El viaje de semanas por una ruta de más de 3 mil kilómetros de camino con riesgo de muerte latente, les cambió el semblante, les arrebató el habla y la confianza hacia cualquiera que esté al lado.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México estimó en 2011 (no ha vuelto a publicar un informe desde entonces) que 20 mil migrantes son secuestrados cada año. La CIDH informó en diciembre de 2015 que el 98 por ciento de los delitos cometidos en México quedan impunes.

A los que están encerrados aquí les falta arriesgar la vida por última vez. Si logran llegar a su destino y quedarse ahí, alguien en Altar, Sonora, dirá que son “súper latinos”, según el párroco de Altar, pero por ahora les toca esperar entre paredes. Y comen, rezan, quizá duermen y hacen llamadas. Esperan a que alguien entre por su puerta dando la orden de salida.

Se abren las puertas, salen migrantes hacia la plaza. Poco a poco van subiendo con la ropa que se vende en la plaza central del pueblo. Suben niños y mujeres. Las chaquetas y pantalones les quedan grandes, pues los fabricantes de ropa solo venden “unitalla” y no se toman la molestia de confeccionar medidas para ellos.

Ahora sí, despierta Altar. En las calles ya no hay bruma y humedad, solo polvo. En las casas ya no están las camionetas de lujo y los motores de ocho cilindros y las llantas derrapando se escuchan en cada manzana. La avenida Miguel Hidalgo y Costilla es el destino de muchos vehículos que luego doblan hacia la izquierda y pasan por la caseta de peaje aparentemente abandonada.

Tienen el permiso de quienes ahí, y en el resto del camino, vigilan desde sus escondites. Desde los llamados “puntos”. No hay tarifas a la vista, una pluma de madera que sube y baja ni un cobrador que de recibos.

Desde Altar hacia el norte, en el tramo que queda de México, hay un lenguaje encriptado. Está en el silencio de un lugareño de ceño fruncido cuando le preguntan algo, en las mentiras ensayadas que dan como respuesta y en los lugares que son algo que no parecen.

Los que portan audífonos conectados a un aparato electrónico escucharán una interferencia de aparatos de comunicación al pasar por la caseta y las seis cruces. Es el primer punto de la gran línea recta sin pavimento. Las gargantas de los motores de ocho cilindros rugen a más no poder con las siluetas de personas que saltan dentro y golpean contra el techo. Pueden ser más de quince en cada vehículo.

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Las camionetas que transportan migrantes a la frontera superan los 80km/h. Foto/R35.

El párroco lleva el acelerador a fondo y da la impresión de que podría conducir con los ojos cerrados. Sabe dónde está cada “punto” de control y “saluda”  con la bocina al pasar. Cada vez que eso sucede, el ruido de estática en los audífonos comprueba la presencia de personas en las inmediaciones.

Las casas de la comunidad de El Molino, justo a la mitad del camino, serán las únicas que verán los apretujados viajeros en ese camino de tierra que los lleva, por fin, a donde México termina. Hay una tienda de abarrotes, cinco casas, un molino de viento, un rodeo y una bifurcación hacia otros poblados, otras rancherías.

Al seguir avanzando, notarán la montaña Aboquivari, lugar sagrado de la tribu originaria Tohono O’Odham. Es lo primero que verán de Estados Unidos, sabrán que están cerca. Esa montaña rocosa les servirá también como referencia para no perderse en el desierto una vez que crucen la frontera y sigan su travesía a pie.

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Poco antes del final del trayecto de tierra pasarán por La Ladrillera, un sitio donde hay ruinas de una construcción y vestigios de una fábrica de ladrillos. No verán más, no verán las siluetas dibujadas en los ladrillos que representan a personas que ahí fueron torturadas y asesinadas.

Sásabe, Sonora: ruido de estática en los audífonos, calles mal trazadas, tranquilidad pueblerina, calles amplias, patios con cercas de madera mal hechas, personas con ceño fruncido, camionetas blancas conducidas por hombres de rostro tapado que se pierden entre el caserío. Se respira desdén. A los migrantes los llevan a casas, a su última escala antes de cruzar la frontera.

Algunos caminan en las calles con sus grandes ropajes camuflados y si ven a alguien con una cámara cambian de dirección para evitar el encuentro. Durante su trayecto en la ruta migratoria habrán contado su historia muchas veces a periodistas. En este punto, con tres mil kilómetros de recorrido azaroso a sus espaldas en trenes de carga y camiones y otros 100 por delante de caminata en el desierto, ninguna narración con frases trilladas (“sueño americano”, “mochila cargada de sueños”, “peligro en la bestia”, “huyó de la pobreza en busca de un mejor futuro”) podrá captar su sentir.

Hay una casa con patio semejante a un corral para ganado con piedras cubiertas de ropa recién lavada que parecen grandes caparazones de tortuga. Ahí están en silencio unos 15 migrantes descansando y esperando a que se sequen sus trapos raídos. Cuando ven una cámara se forma una estampida hacia el interior de la casa, convertida en paradero de migrantes a cargo de una mujer que sale y, con una mezcla de acento hondureño-mexicano norteño- le niega al párroco el permiso para darle la bendición a los viajeros y pide tajantemente a los visitantes alejarse del lugar.

En la pared de una casa vacía, ubicada en uno de los caminos que llevan a los puntos de cruce, está el dibujo de una mujer desnuda con lágrimas y unas iniciales (B,F) en cada pecho. Es una imagen que remite a las compras de las mujeres migrantes en las farmacias de Altar.

En otra están dibujadas siete personas. El Toro que le grita “espérame” a Nicolás; Zalas con un cuchillo frente a una serpiente y un migrante mas -sin nombre- que parece asustado; El Cholo junto a Brenda, y un guía. Después hay una persona que dice “agáchense todos” y arriba hay un helicóptero de la Border Patrol.

“Estos son los súper latinos. Los que logran pasar después de tanto obstáculo”, dice el cura frente a la imagen de la pared, que además tiene a un cactus  y un hueso humano atrás de los migrantes.

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Una pared dentro de una casa sin muebles en Sásabe, Sonora. Foto/R35.

 

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