Era el inicio del boom de la migración forzada de centroamericanos hacia Estados Unidos y el azote de la delincuencia organizada contra los migrantes. Las señales llegaban desde un rincón de México donde un cura y su ayudante arriesgaban su vida para dar ayuda humanitaria.

Por Ruta 35

Un fraile y varias mujeres activistas, caminaron sobre las vías del tren con decenas de migrantes a sus espaldas mientras una locomotora se acercaba de frente a ellos. Al final, en ese 31 de julio de 2011, la máquina se detuvo.

Era Fray Tomás González Castillo visitando Orizaba, Veracruz, y “Las Patronas”, mujeres altruistas que alimentan migrantes cerca de las vías en la zona centro de Veracruz, y migrantes centroamericanos que exigían el alto a los secuestros, asaltos y asesinatos.

Cuando pararon a “la bestia”, unos migrantes y el cura subieron a ella y desde ahí, Fray Tomás lanzó consignas a las autoridades mexicanas para que paren las atrocidades contra migrantes y se esclarezcan las ya cometidas por la delincuencia organizada.

Esos hechos ocurrieron durante la marcha de migrantes Paso a Paso Hacia la Paz que salió desde Centroamérica y llegó hasta la Ciudad de México. Ahí, Tomás González fue apodado “Fray Tormenta” por su compañero activista, Rubén Figueroa.

El 11 de marzo de 2012, en el Hogar Refugio para Personas Migrantes La 72, de Tenosique, Tabasco, el Fray Tomás explicó cómo llegó a ponerse frente a un tren, hacerlo parar y subir en él para lanzar fuertes críticas al gobierno mexicano.

En una plática, acuña frases como “esto es Evangelio puro”, “aquí nos llega Cristo crucificado” o “en este mundo hay que hacer una revolución”, mientras se da tiempo de atender a niños migrantes no acompañados, mujeres golpeadas y detalles de logística del albergue que dirige.

Repasa momentos de su actividad como defensor de derechos humanos y de migrantes. Recuerda, por ejemplo, haber ayudado a conseguir trabajo a unos centroamericanos travestis.

“Entonces empezaron a decir los mismos católicos allegados a la parroquia que estábamos alentando la prostitución, que eran una bola de putas las que teníamos en la parroquia, y unos maricones, y que seguramente yo andaba con uno de ellos o una de ellas. Son cosas muy difíciles de creer pero que finalmente pasan en el seno de la iglesia”.

Fray Tomás negó las acusaciones y desde el púlpito de la Parroquia de Tenosique, frente a la feligresía y a sus señalantes, dijo citando a Cristo en el Evangelio: “las putas son las que se nos han adelantado en el reino. Ósea que ellas están adelante de nosotros (ríe) no lo digo yo, lo dice el Evangelio”.

-Los sacerdotes que viven el Evangelio de esa manera, ¿son un caso aislado dentro de la Iglesia Católica?

“Si, somos entes raros. La Iglesia como institución está muy infiltrada por el crimen. No es comparable con el crimen organizado pero sí hay gente criminal en la iglesia, los pederastas, los no-pederastas pero los que usan a la mujer, los que están llenos de dinero de la iglesia y los usan para sus barrabasadas”.

Originario de la Ciudad de México, en un año y medio de estadía en Tenosique, Fray Tomás ve en los migrantes a “Cristo crucificado”, al Cristo “que hay que ayudar a bajar de la cruz”.

Recorrido nocturno, el miedo y la estampida

Su camioneta gris de batea es vista con frecuencia transportando migrantes. “El cardumen de migrantes”, como dijo un comensal en una cafetería de Tenosique, ciudad de unos 60 mil habitantes que se encuentra a menos de 60 kilómetros de la frontera México-Guatemala, en el estado de Tabasco.

De noche, rumbo a La Palma (comunidad fronteriza donde llegan los migrantes por balsa), Tomás González y Rubén Figueroa ven a unos 15 jóvenes caminando a orillas de la carretera. La Camioneta se detiene, el Fray lanza un silbido y la mitad de ellos huye hacia el monte con habilidad felina.

El pavor es alivianado cuando le miran el atuendo de fraile en medio de una densa oscuridad y lo identifican como el Fray que le da refugio a los migrantes. Algunos suben y Rubén los acompaña en la batea. Otros prefieren seguir a pie y completar la kilométrica trayectoria hacia Tenosique, la primer ciudad que verán en México.

“(Esta labor) No es nada romántica. Es muy complicada… sí. Es la carne viva, roja, la herida abierta. Sí, es un trabajo muy desgastante física, espiritual y emocionalmente”, reflexiona Tomás González.

El sacerdote franciscano cuenta que el Instituto Nacional de Migración (INM) lo demandó dos veces por la vía penal por los delitos de obstrucción de la autoridad y tráfico de personas.

¿Cómo se prepara una persona para esto que usted vive?

“Nosotros cargamos un gran sufrimiento en las espaldas, llevamos un gran sufrimiento en el corazón. Hay un costo que hay que pagar”.

¿Cómo llega al final del día, se toma una cerveza?

“A veces (ríe) aquí un día se nos va muy rápido, yo empiezo muy temprano a hacer deporte y vengo para acá. A veces me quedo aquí cuando me agarra la noche. Esto a veces no termina, estamos recibiendo migrantes a las 2,3 o 6 de la mañana.”

Tomás González continúa explicando cómo llegó un fraile (él mismo) a ponerse frente a un tren en marcha. Habla de migrantes muertos en sus manos tras ser mutilados por el tren, de mujeres violadas, de secuestros masivos y luego lo interrumpe un hondureño de 11 años que llegó solo al albergue porque va en busca de su madre que vive en Houston, Texas.

Ahora este niño va a la escuela en Tenosique y dice que tiene una novia que vive junto a las vías. Habla rápido, exhala buen humor. No da entrevistas y advierte que “nada de fotos” porque está cansado de los periodistas. Hace lo que le dice el Fray, le obedece.

¿Cómo hace para manejar el apego con ellos?, se le pregunta al fraile.

“Aquí hay que meter el corazón, no hay de otra. Es vivir el evangelio, así lo entiendo. No podemos acostumbrarnos al dolor porque con tanto dolor y tanta historia que te cae, se te va endureciendo todo. Esto es evangelio puro”.

Mientras transcurría la plática llegaron Blanca Martínez, de El Salvador, y Dilcia Cortés, de Honduras. Se conocieron en una balsa repleta de migrantes que las llevó de El Naranjal (Guatemala) a La Palma.

Dicen que no van a separarse. Sus historias son similares, pues a ambas las golpeó su esposo y huyeron después de dejar encargados a sus hijos con familiares.

En Tenosique, cuando se iban a subir al tren que los llevaría a Veracruz dieron marcha atrás. “Dicen que abusan de nosotras las mujeres. Se aprovechan más cuando una va sola”, dijo Blanca Martínez, cuyos hijos, que se quedaron en El Salvador, piensan que su madre salió de un viaje del que pronto va a regresar.

Dilcia Cortés trata de narrar la golpiza que le dio su marido. No pudo hacerlo. Cuenta que viajó en “bus” desde Honduras, que durmió en banquetas, que vio a un cocodrilo en el río y que se heló cuando supo lo que podía pasarle en el tren.

El las horas calmadas de la tarde, cuando los migrantes descansan en el albergue, surgían rumores de que se las estaban “repartiendo” para el viaje. Pasaron tres días después de la entrevista y, según contó Rubén Figueroa, las dos finalmente abordaron el tren.

Tomás González asegura que ha tenido casos de secuestros dentro del albergue: “Aquí mismo hemos desarticulado una banda de secuestradores, tenían secuestrados a tres aquí adentro hasta que nos dimos cuenta”.

Pese a ello, insiste en “el perdón” y cree en “la conversión de los seres humanos”. Dice que ya lo vivió cuando unos miembros de la banda de los Mara Salvatrucha llegaron a la parroquia, fueron atendidos y se fueron dejando una nota que decía: “Veníamos a matar al responsable de este lugar”.

Dicho el capítulo de los mareros y lo que pudo haber ocurrido, Fray Tomás González hace su última reflexión:

“A nivel social son otras las medidas que hay que tomar. Este mundo hay que cambiarlo, esto es una revolución”.

-¿Cómo llegó usted a ese momento de su vida?, se le preguntó, mostrándole la foto del momento en que detuvo un tren.

Fray “Tormenta” vio la imagen, sonrió y dijo: “yo no puedo quedarme callado ni en el convento haciendo celebraciones y rezando. Ante todo este río de sangre había que poner un dique, mi propia persona por el momento”, dijo el fraile.

Detrás de sus palabras, se escuchaba el bullicio de unos migrantes cortando las extremidades de un garrobo (un reptil) recién cazado frente al albergue y sacándole la piel mientras otros hervían agua para hacer la sopa.

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