Breve historia de una comunidad de Veracruz, México, que vive en el punto más marginado de la serranía de ese estado. Es un caso más de desdén oficial que lleva décadas afectado a las poblaciones originarias.

Hace casi 80 años, unos hombres perseguidos llegaron al cerro más alto de la Sierra de Zongolica y fundaron una comunidad. Sobrevivían con agua de lluvia; ahora son unas 200 personas y aun reciben solo el agua que les cae del cielo.

Desde la comunidad Adolfo Ruiz Cortines, que en 1960 recibió el título de ejido, se ven los demás cerros hacia abajo. Ahí viven marginados entre los marginados, en la lejanía de una de las regiones más pobres de Veracruz y del país.

Llegar hasta ahí en auto -en viaje sin escalas y con buen clima- toma casi tres horas desde la cabecera municipal de Zongolica.

Es la misma comunidad donde fueron encontrados casos de personas con males congénitos que les impiden crecer y viven encerradas en cuerpos de bebés. (Mire aquí ese reportaje de Ruta35)

El nivel de prosperidad de las familias se mide por la capacidad de almacenaje de agua de lluvia que tienen. “Cuando llueve juntamos el agüita y esa la ocupamos”, dice doña Pascuala Amezcua Xochicale, habitante de la comunidad.

“Cada familia consigue su depósito, aunque sea pequeño o chico. Hay quienes no cuentan ni con rotoplas para guardar”, dice Moisés Chipáhuatl Mazahua, sub agente municipal de Adolfo Ruiz Cortines.

Y cuando no llueve, se arma un desfile de señoras cuesta abajo con cubetas, costales de ropa y niños que las acompañan. Bajan una hora y luego suben en más de dos con un esfuerzo enorme para cargar su ropa mojada y sus cubetas llenas.

“Aquí en tiempos de calores bajamos lejos a lavar con nuestros niños, la ropa y costales”, dice doña Pascuala, en la tranquilidad de un domingo en su comunidad, acompañada de unas 15 señoras que respaldaban sus dichos durante la entrevista.

Moisés Chipáhuatl lamenta que no hay agua suficiente para llevar limpios a los niños todos los días a la escuela y solo los pueden bañar cada tres días para que no se vacíen sus recipientes.

“No nos alcanza para que los niños vayan a la escuela limpios. No hay suficiente agua para asear a los niños a diario”, se lamenta el funcionario.

La comunidad del ejido Adolfo Ruiz Cortines está en gestiones para que les hagan llegar el agua potable, pero lo más que pudo hacer su municipio, Zongolica, es prometer llevarles el servicio seis kilómetros abajo.

Entonces, si quieren tener agua potable, tendrán que conseguir una bomba que aviente el agua hacia arriba y eso les recuerda a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y sus tarifas que “asustan”.

Están destinados a los grandes esfuerzos. Su privilegio, como cuando llegaron los primeros hombres, es sobrevivir. “Entonces había mucha persecución. Se vinieron a refugiar y nos dejaron a aquí en punta de selva”, recuerda Alfonso Rodríguez, originario del lugar.

Desde la lejanía, los nietos de los fundadores -que recorrieron 15 kilómetros cargando 25 postes de luz construidos con cemento para alumbrar su comunidad-, le hacen un llamado a las autoridades a que atiendan su añeja crisis humanitaria.

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