Dos días a la semana llegan los buses con mujeres y niños deportados desde Tapachula, Chiapas. Al pisar Corinto, muchos no saben dónde están ni qué van a hacer. Es frecuente ver cómo buscan en ese mismo instante la manera de volver caminando hacia el norte.

Por Ruta 35

Corinto, Honduras.- Los niños hondureños gritan, juegan, asoman sus cabezas y sacan sus bracitos por las ventanas del viejo camión escolar norteamericano. Pero no van a la escuela, son llevados de vuelta a su país en calidad de deportados.

Están en Corinto, uno de los poblados fronterizos de Honduras con Guatemala donde dos veces a la semana llegan camiones desde Tapachula, Chiapas, y dejan a los niños en manos de la policía.

Cuando llegan los camiones desde México, después de un viaje de más de 10 horas, la policía nacional de Honduras se aproxima flanqueando a los dos autobuses amarillo rotulados con la frase School bus.

Los autobuses de México y los de Honduras quedan de frente separados por 30 metros. En ese espacio, tras unos minutos, brota un olor a guardería cuando las mamás aprovechan para asear a sus bebés.

Los mayores de edad bajan del bus asustadizos y contando historias de terror. “No lo vuelvo a hacer”, dicen unos, mientras que otros ya están buscando puntos ciegos de la frontera para regresar.

Unos aceptan la ayuda de la Cruz Roja Internacional y suben al bus hondureño que los traslada a San Pedro Sula (la ciudad más violenta del mundo) y otros se esfuman en minutos.

Conversaciones, lamentos de las mamás y preocupación. Los niños suben con gusto al “school bus” amarillo (de los que desecha Estados Unidos) enviado por el gobierno hondureño.

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Los niños llegan, en su mayoría, acompañados de sus madres. Se monta una guardería en el suelo de la zona franca entre Guatemala y Honduras. Huele a comida, pañales y crema para bebé. Las mamás, acostumbradas a asear a sus bebés sobre un vagón de tren, en las vías o una banqueta, terminan su tarea en pocos minutos.

Mientras, los hermanos mayores van llenando los camiones que los llevarán de vuelta a casa.

Todo ocurre bajo la supervisión de los policías y de personal de la Cruz Roja Internacional, que ofrece atención médica, psicológica y almuerzos para los viajeros deportados.

El Centro Fray Matías de Córdoba contó casi 10 mil menores de edad deportados desde México hacia Centroamérica durante 2013, cifra que marca un incremento superior al 100 por ciento en dos años.

De acuerdo con esa organización de defensa de derechos humanos en 2011, 4 mil 100 menores fueron enviados de vuelta a sus países, mientras que en 2013, la cifra llegó a 9 mil 893.

Eso significa que entre 2011 y 2013, el número de migrantes menores que son enviados de vuelta a sus lugares de origen, aumentó en más de 5 mil 700.

Todas esas personas son aseguradas por el Instituto Nacional de Migración (INM) en su centro de detención de Tapachula, que es el más grande del país y de América Latina, de acuerdo con el especialista.

Una madre soltera que sostenía a su hija de cuatro años, y que no quiso revelar su nombre, contó que fue detenida en Las Choapas, Veracruz y estuvo detenida durando dos días en una estación migratoria.

No supo en dónde estaba en ese momento. Aunque cerca de ahí está la garita de Acayucan, donde habría pasado otros dos días para luego ser llevada a Tapachula.

La mujer migrante, mamá de otros tres niños que se quedaron en casa, trataba de no ser vista por los policías para que no la llevaran a San Pedro Sula, a un albergue del Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia (IHNFA)*.

Según Diego Lorente, ese centro tienen señalamientos por estar “tomado” por la pandilla Mara Salvatrucha.

Como la mujer que fue detenida en Acayucan, otra familia trataba de pasar desapercibida para no subir a los camiones amarillos.

“¡Nos hubieran cuidado cuando nosotros íbamos para allá no cuando nosotros venimos al país de nosotros!”, exclamó la mujer.

“En el camino hay que correr con los niños, subir, bajar, aguantar hambre. Aguantar humillaciones. México es más difícil pasar”, relató.

-¿Ahora qué hará?, se le preguntó.

“Ya voy pa´la casa. Me tengo que regresar… mala experiencia”, dijo la mujer zanjando de tajo la conversación porque una amiga suya le hizo señas para que corrieran mientras los oficiales estaban despistados.

Las dos mamás con sus hijas se unieron a otra familia y trataron de entrar a su país de la misma forma en que salieron de él: a escondidas.

Otro niño camina junto a ellas y detrás va una niña de unos 12 años con alimento para bebé en sus manos. El grupo corre a buscar un escondite mientras ella se detiene y mira hacia el lado Guatemalteco, hacia el norte.

Finalmente fueron descubiertas por los policías y las conminaron a subir a los autobuses “escolares”.

*Ya desaparecido.

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